Naveda: Una familia de estirpe futbolera

Alberto Naveda y su hijo, homónimo, han quedado en la historia del Club Atlético San Martín. En distintas épocas, aparte de ser fanáticos del club, dejaron todo por esa camiseta. Esta es la historia de ellos, de su familia y de cómo llegaron a convertirse en ídolos, no solo para los hinchas del verdinegro, sino también para la provincia, el país y en el caso de Beto para el mundo.

Los vecinos del verdinegro
Probablemente ya soñaba con patear la pelota estando en el vientre de su mamá, Rosario Lubercci. Ella y su papá, Alberto Cevero Naveda, vivían en una casa que estaba prácticamente pegada a la cancha de San Martín; el fondo de la vivienda daba al arco sur. Era cuestión de tiempo para que el segundo hijo del matrimonio, que llegó diez años después de la mayor, Lucrecia, se vistiera con la camiseta del club. Así resultó. Desde pequeño, Alberto jugó y hasta durmió con su pelota. Era un fanático aunque sus padres no eran afines a esa disciplina deportiva. Su papá tenía un corralón, en la misma casa en la que vivían, disfrutaba de la guitarra, del folclore y le gustaba el deporte, pero no el fútbol, sino el atletismo; él fue campeón de lanzamiento. Tal vez Rosario y Alberto (padre), esperaban que Alberto en algún momento dejara a un lado esa afición tan fuerte, pero lejos de disminuir, fue creciendo, al igual que su habilidad.


El “maestro” de la cancha

Junto a otros chicos del barrio empezó a jugar en San Martín. Comenzó en las inferiores, desde los diez o doce y en poco tiempo, con 16 años, a mediados de los cincuenta, debutó en primera. Él jugaba en el mediocampo pero, como entraba por primera vez, el día de su debut lo pusieron de wing izquierdo. Todavía recuerda que no participó mucho del juego, que lo tuvieron guardado un par de meses y después le dieron la oportunidad de volver a entrar. Desde entonces, se ganó un lugar en la primera durante varios años, un sitio en el que los mismos jugadores y la gente lo reconocía como el “maestro”, por su increíble talento.
Eran tiempos totalmente distintos para el fútbol. En esa época los futbolistas casi no ganaban dinero, entrenaban los martes y jueves y jugaban los domingos. El estar en el equipo era más bien el gancho para conseguir algún trabajo, sobre todo en el ámbito de la administración pública. . Alberto no buscaba empleo porque ayudaba a su padre en el corralón que tenían, pero mientras jugaba decidió entrar en la recién creada Escuela de Policía. Así que hizo a la par su carrera como futbolista y la de policía.
La dinámica del juego, la velocidad, la técnica de los jugadores eran totalmente diferentes en esos años. Los equipos fuertes del momento eran San Martín y el Atlético, detrás estaban Peñarol y Los Andes. El verdinegro ya era semi profesional, aunque al principio no había ni siquiera director técnico, tampoco cambios. Los once jugadores que entraban terminaban el juego y a estos solían elegirlos los integrantes de la Comisión Directiva de la institución. Pero, con el tiempo, esto fue cambiando y el club fue el primero de San Juan que trajo un técnico de afuera para dirigir al equipo.

El otro gran partido, la familia
Alberto era habilidoso y elegante para jugar. Su despliegue en la cancha le permitió ganarse el cariño de muchos, incluso de sus compañeros y autoridades en la policía. Él trabajó algunos años junto a Diblasi, que fue director de Tránsito y Transporte y que además era fanático de San Martín. En una oportunidad, él invitó al jugador al cumpleaños de quince de su hija. El joven, que hacía poco era oficial de policía, pensaba ir un rato y volver temprano a su casa porque el domingo tenía que jugar. Además, en la fiesta, estaba uno de los integrantes de la comisión directiva del club. Se estaba por ir cuando vio a Rosa María Menzo, “Perla”. Quedó embelesado con la joven y esa noche decidió quedarse unos minutos más para poder bailar con ella. Alberto y Perla se casaron en 1963 y un año después él se fue a jugar a Newell´s. Le dieron permiso en la policía y jugó para el equipo rosarino durante un año. Pero, al terminar ese periodo, aunque hubiera podido seguir jugando, decidió regresar a San Juan. Es que el riesgo era muy grande, acá tenía trabajo seguro, él ya era oficial de policía y con el fútbol no se podía confiar, los jugadores no ganaban mucho. Además, en esa época nació su primera hija, Alicia. Después llegaron Claudia, Marcela y en 1971 nació el menor, Alberto “Beto”.


El delantero que llegó a ser comisario general

El jugador vistió la verdinegra hasta que su hijo Beto tenía apenas dos años. En tanto tiempo de carrera quedó grabado en su corazón y retina un partido contra Chacarita que jugaron en San Juan. El equipo de Buenos Aires acababa de salir campeón y venía con muy buenos jugadores. A los 43 minutos, Carlos Diz, de San Martín, hizo un gol de cabeza, el primero y único, el de la victoria. Fue un antes y un después para el club sanjuanino, que fue aturdido por una cancha repleta, en la que no entraba un alma más.
Después de dejar la primera, Alberto no volvió a esa categoría, aunque siguió jugando con la gente del club. En una oportunidad, cuando su hijo tenía unos siete años, el ingeniero Hilario Sánchez, que entonces era el presidente de la institución, lo convenció para que volviera a calzarse los botines de primera. Estaba casi convencido de volver a hacerlo, hasta que un delegado de Atlético Juventud, que lo admiraba, le pidió hablar con él. Le dijo: “yo tengo una imagen suya tan bonita. Si juega bien, nadie va a descubrir nada, pero ¿qué pasa si juega mal y lo empiezan a insultar?”. Y, era cierto, él se había retirado siendo campeón, así que decidió no regresar y el tiempo le ayudó a confirmar esa elección; a pesar de que en ese momento Beto se enojó porque soñaba con tener el privilegio de ver a su papá en la cancha.
Alberto llegó a ser comisario general, el cargo más alto dentro de la carrera del policía. Además, dio clases en el Instituto Superior de Periodismo Deportivo Néstor Antonio Gahona y en la Escuela de Policía. También trabajó en el Banco Hispano Ítalo Libanés y fue uno de los fundadores del Banco Hispano. Su esposa, Rosa Menzo, fue docente, directora de escuela y coreuta.

El heredero

Beto inició su carrera deportiva siendo pequeño. A los cuatro años empezó a jugar y apenas se levantaba se vestía para irse a pelotear. Él ha sido tan fanático del fútbol como su padre, incluso con él compartieron amistades y, como él, creció prácticamente al lado de la cancha de San Martín. Cuando entró el club, acababan de inaugurar la escuelita de fútbol, que estaba a cargo de Rogelio Mallea y Juan José Chica.
Se fue a probar a River y entró cuando Aimar era técnico. Luego este se pasó a Boca, entonces Beto se probó allá y también logró quedar elegido. Así que, desde los trece, el sanjuanino vivió varios años en la el predio de La Candela. Sin embargo, no se alejaba del club de sus amores, con el que hacía cada pretemporada. Y sus padres lo seguían muy de cerca, sobre todo Alberto. Un verano, como se llevó varias materias, no lo dejaron hacer la primera temporada que tenía con la primera de San Martín. Era el sueño de cualquier chico, poder entrenar con los cracks, pero Beto tuvo que ponerse a estudiar. Después de eso vivió en Córdoba, donde llegó a estudiar un año de abogacía, y finalmente decidió dedicar su vida, profesionalmente, al deporte.
Jugó en la primera de Boca y uno de sus mejores partidos con la azul y oro fue frente al Real Madrid, en la Copa Iberoamericana de 1994. Luego jugó un tiempo a préstamo con Quilmes, en la B Nacional y de ahí partió al exterior. Jugó, desde 1995, en la New England Revolutions de Estados Unidos y de ahí pasó a Israel, allí jugó para los equipos: Maccabi Acre, Maccabi Ironi Ashdod y Hapoel Jerusalem. En 2001 desembarcó en Europa, con el Dundee United de Escocia y terminó su carrea en el Sanremese de Italia. Además, pudo jugar para la selección argentina en la sub 20, a principios de los noventa, cuando el director técnico era Reinarlo “Mostaza” Merlo.
“Siempre fue impresionante desde chiquitito. Jugaba en la escuela de fútbol y él ganaba los partidos, él hacía goles de tiro de libre desde cualquier lado, le pegaba tan bonito, tenía tan buen panorama”, así define Alberto a su hijo. A pesar de que Beto pasó muchos años a miles de kilómetros de su terruño y su familia, ésta siempre se hizo sentir cerca, sobre todo su papá. Después de cada partido, desde que era chico, padre e hijo tenían una larga charla y analizaban cómo había sido el partido, que había hecho bien y en qué se había equivocado.


» Alicia es socióloga, directora del Instituto de Investigaciones Socio Económicas de la Universidad Nacional de San Juan. Es madre de: Pablo Marcuzzi, ingeniero civil y Sofía Marcuzzi, veterinaria.
» Claudia es contadora y trabaja en la contaduría provincial; es madre de: Alejandro Bernal, Mauricio Bernal y Sebastián Bernal. Algunos han jugado al fútbol en Del Bono y San Martín.
» Marcela es médica y tiene tres hijos: Emilia Astudillo, Valentina Astudillo y Juan Astudillo.
» Beto es padre de Agustina, Martina y Catalina.

GALERIA MULTIMEDIA
Alberto Severo Naveda, padre de Alberto Naveda y abuelo de Beto Naveda.
Rosario Luberchi de Naveda, a su izquierda está su consuegra, Catalina Marino.
Alberto y su hijo Beto en la cancha de San Martín.
El casamiento de Alberto Dante Naveda y Rosa María Menzo. La foto es de 1963.
Los Naveda Menzo. Parados aparecen: Marcela Naveda, Perla Menzo, Beto Naveda y Alicia Naveda. Sentados están Claudia Naveda y Alberto Naveda.
Beto Naveda junto a su esposa e hijas: Martina Naveda, Mariela Rodríguez, Agustina Naveda y adelante Catalina Naveda.
Alberto Naveda y Perla Menzo junto a sus nietos. Parados están: Pablo, Emilia, Valentina, Sofía y Mauricio. Abajo aparecen Juan, Agustina, Sebastián, Catalina, Martina y Alejandro. La foto es de 2010.
Alberto Severo Naveda, padre de Alberto Naveda y abuelo de Beto Naveda.
Rosario Luberchi de Naveda, a su izquierda está su consuegra, Catalina Marino.
Alberto y su hijo Beto en la cancha de San Martín.
El casamiento de Alberto Dante Naveda y Rosa María Menzo. La foto es de 1963.
Los Naveda Menzo. Parados aparecen: Marcela Naveda, Perla Menzo, Beto Naveda y Alicia Naveda. Sentados están Claudia Naveda y Alberto Naveda.
Beto Naveda junto a su esposa e hijas: Martina Naveda, Mariela Rodríguez, Agustina Naveda y adelante Catalina Naveda.
Alberto Naveda y Perla Menzo junto a sus nietos. Parados están: Pablo, Emilia, Valentina, Sofía y Mauricio. Abajo aparecen Juan, Agustina, Sebastián, Catalina, Martina y Alejandro. La foto es de 2010.