“Don” Raúl Oro, sanjuanino de noble estirpe cuyana

Hoy he de recordar a “don” Raúl Oro un sanjuanino de noble estirpe cuyana, nacido y criado en el departamento de Pocito al sur de la provincia de San Juan, Argentina. Pocito es una de las antiguas ciudades de esta provincia cuyana. Se encuentra recostada sobre el maravilloso cerro el Tontal. Su comarca está dedicada a la agricultura, la pastura, la horticultura y los viñedos. Exactamente allí se encuentra la casona de los Oro un lugar elegido por Dios y donde aquel hijo de Cuyo, “don” Raúl, pudo reunir a cientos de artistas y amigo del quehacer folklórico nacional.

Datos biográficos de Raúl Oro
Hijo de padres pocitanos, nació en Pocito, San Juan, el 21 de diciembre de 1891. Siendo muy joven, un adolescente ya, en su carácter se evidencio el afecto por las cosas de nuestro folklore. Respetó y se dedicó con todo el cariño al culto de lo auténticamente cuyano, cultivando la tonada, la cueca, el gato, el `cuando´, la `relación´ y otras tantas expresiones vernáculas que, por lo lindas y sentimentales, deleitaron a nuestros antepasados, como nos ocurre ahora a nosotros.

Don Raúl Oro no estudio folklore. Jamás fue a una academia. Lo mucho que sabía y cultivaba con sincero fervor, lo aprendió de sus abuelos, de sus padres, parientes y amigos de su familia, los que frecuentaban asiduamente la vieja casona hogareña, la que sirvió de escenario en muchas fiestas y veladas, haciendo de ella un lugar tradicional, respetado y querido por todos.

Así fue aprendiendo Raúl las cosas nuestras y fue metiéndose en lo profundo de su corazón el afecto por lo nativo. A los 18 años ya sabía deslizar ágilmente sus dedos en el diapasón de una guitarra, cantaba tonadas, cuecas, gatos y todo para deleite de la concurrencia en fiestas de los antaños sanjuaninos. Raúl Oro aprendió también la danza, que ha cultivado con esmerado gusto, con un estilo muy personal. Éstas en muchas oportunidades le depararon grandes satisfacciones y muchos y merecidos premios en concursos disputados entre numerosas parejas.

La virtud de ser como era, la trasmitió más tarde a sus hijos, los que nacieron en un hogar de obediencia y buenas costumbres. Los hijos y los hijos de sus hijos, profundos enamorados de su progenitor, han seguido sus pasos logrando penetrar en el campo del folklore, amándolo con toda pasión, como lo evidenciaron en tantas oportunidades y como continúan haciéndolo cada vez que se los requiere.

En 1936, en la gran Fiesta del Arte Nativo organizada durante el gobierno de  Juan Maurín, Raúl Oro tuvo quizás su mayor satisfacción al ser consagrado campeón de baile criollo, cueca y gato. Triunfó por decisión unánime del jurado, que lo integraban más de veinte entendidos y entre los cuales se encontraba los autorizados Alberto Rodríguez, Ismael Moreno y otros tantos valores ponderables del cancionero cuyano. Así fue como Raúl recibió los laureles del triunfo y fue aplaudido por un público fervorosamente entusiasta.

Pasaron los años y vinieron las fiestas de la “Semana Sarmientina" y don Raúl Oro ahí firme, participando en ellas, en muchas oportunidades adjudicándose los primeros premios que ha ganado en diferentes bailes criollos.

Durante varios años fue director de los elencos representativos pocitanos en las fiestas nativistas. Años más tarde, ya mayor Raúl Oro, conformó con tres de sus hijos, un varón y dos muchachas, un cuarteto de bailarines, con el cual tomó siempre participación en los distintos concursos, y desinteresadamente también en cuanta fiesta de beneficencia requirió su presencia.

Otro de los grandes méritos de este generoso criollo, es el haber brindado una primicia en las fiestas Sarmientinas: hizo revivir añejas danzas cuyanas, tales como: “El Gauchito” y “El Sereno” relegadas a un triste e injustificado olvido, fruto de la corriente modernista y nada patriótica que se deja arrastrar por lo foráneo y extranjero, sin darse cuenta que son llevados al terreno de lo ridículo y, a veces, hasta lo inmoral.

Así es como muchas cosas de nuestro pasado han ido desapareciendo por obra y gracia de aquellos que no tuvieron en cuenta que muchas de nuestras danzas tienen un pasado histórico, límpido nacimiento. Y es más, que todas ellas fueron cultivadas y ejecutadas por quienes participaron y hasta dieron la vida en gloriosas y épicas jornadas por la emancipación de la patria y de los pueblos hermanos de América.

Con la presentación en público de “El Sereno” y “El Gauchito”, don Raúl y sus hijos se hicieron  merecedores a que el celebrado recitador Fernando Ochoa les dedicara  una página en la revista Radiolándia donde les reconocían la primicia y sus relevantes condiciones de buenos bailarines cuyanos.

La Familia Oro
Don Idelfonso Oro, nacido en 1832, fue el patriarca de una familia inmemorial en tiempos remotos allá en Pocito, Provincia de San Juan, Argentina. Él se dedicó por entonces a la actividad comercial y política; fue arriero y esto le permitió conocer muchos lugares aledaños de la provincia. Así adquirió los conocimientos de las distintas costumbres, creencias y modos de vida. También pudo traer  de otras regiones y del país trasandino de Chile, distintos estilos en música, letras y danzas.

Todo esto él lo aplicó en las fiestas memorables que se realizaban en su casa. Los Oros son auténticamente criollos. Don Idelfonso tuvo doce hijos, de los cuales siete nacieron en esta casa: la mayor, Jesusita Oro, que hasta sus últimos días de vida conservo una memoria lúcida de la que hacía gala contando anécdotas e historia de su pueblo; don Raúl fue el penúltimo de los hijos.

Don Raúl Oro contrajo matrimonio con doña Herminia Molins.  Tuvieron una prole de ocho hijos, cuatro mujeres: Pichona, Negra, Beba, Selfa y Ana María. Cuatro varones: el Pinono, el Negro, el Guri y el Osvaldo, en ese orden, todos buenos cantores.

La Casona de Pocito
La vieja Casona de los Oro está allí inmóvil, como enclavada, ningún movimiento telúrico  pudo con ella. Se conserva como si el tiempo no hubiese pasado. Fue construida allá por 1874 por don Idelfonso Oro, y pensar que ahí vivió un criollo y una familia de criollos amante de las cosas de la tierra.

¡Allí está!  Como esperando la serenata de un criollo enamorado, y en su patio de tierra con su pañuelo al viento en el rasguear de una cueca, o con el chasquear de los dedos en un gato sanjuanino. Sí, allí está la Casa de don Raúl Oro, esperando y esperando.

Aún su jardín conserva alguna que otra de sus achiras, la retama amarillenta con su sol enamorado, sus malvones, las rosas y claveles están presente agasajándole. Sus árboles añosos le dan sombra al descanso del tiempo, y la santa rita, como dice don Saúl Quiroga, en el pilar se “enrriedada” cuando pasa al tranquito la Jesusita. Aún sus pisos enladrillados marcan las pisadas del tiempo, el techo de caña sus paredes de adobe y la puerta ancha al entrar conservan en su vejez un señorío criollo.

Como anécdota cuenta Saúl Quiroga que en esa casa él le pidió a don Atahualpa Yupanqui que recitara el poema “Mi Viejo Potro Tordillo” y don Ata emocionado se lo dedico a Los Cantores de Quilla Huasi.

Fuente: www.argentinafolkloreyprovincias.es publicado el 7 de octubre de 2016.

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Don Raúl Oro (Foto argentinafolkloreyprovincias.es)
Raúl Oro (Foto argentinafolkloreyprovincias.es)