Jorge y Beatriz Navarro, ex colonos. Aquellos años de sueño y trabajo en Tucunuco

La siguiente entrevista realizada por Jorge Enrique Rodríguez, fue publicada en El Nuevo Diario el 16 de noviembre de 1990 en la edición 486

 En Julio de 1975, el locutor Julio Lagos lanzó por radio una in­vitación que sonó descabellada a los oídos de los bonaeren­ses: el reto era radicarse en una alejada localidad situada a 144 kilómetros de San Juan para fundar una colonia en lo que había sido la Sociedad Olivarera Tucunuco, trabajada ante­riormente por Federico Cantoni, pero que para el ´75 era un páramo. Allí se fueron a establecer 16 grupos familiares para Iniciar una experiencia destinada a hacer historia en la provincia. Esperanza y solidaridad eran los pilares en que se basaría esta comunidad integrada entre otros por profesiona­les y gente de negocios que, Idealista, pretendió hacer su vida ajena a los cambios que la dinámica de la sociedad imponía.

La “Cooperativa Tucunuco” transitó, a los golpes, por avatares que desembocaron tiempo después, en su disolución. A partir de entonces se transformó en una tradición más de Jáchal, que pro­pagada de boca en boca, dió lugar a los más inverosímiles comentarios, a que se tejieran las más diversas versiones, al punto tal que nadie recuerda con exactitud qué paso. Quedan de esas 3000 personas, un matrimonio, uno sólo que no pudo escapar del cautiverio voluntario al que Jáchal los sometió. Ellos son Jorge Oscar y Beatriz Celzo de Navarro, quienes enamora­dos de estas tierras, evocaron junto a El Nuevo Diario aquellos momentos que dejaron para siempre, una profunda huella en sus vidas.

—Ustedes vivían en Buenos Aires: ¿qué los decidió a venirse a estas latitudes?
— Un arquitecto hizo una invitación para colonizar una finca en Tucunuco. Carecíamos de una idea acerca de lo que era Tucunuco, pero nosotros particularmente, tenía¬mos intenciones de alejarnos de Buenos Aires, ya que pensábamos que allá el ritmo de vida nos impediría el contacto que nosotros queríamos con nuestros hijos y la gente. El grupo se organizó en Buenos Aires y así quedó que 15 familias y un soltero nos trasladaríamos hasta aquí.

—¿Cuál fue la primera impresión que tuvieron de San Juan?
—Siempre recordamos que nos bajamos en el Parque de Mayo y Jorge dijo que era hermoso y sería difícil irse de aquí. Ahora que lo pensamos, sonó a algo profético...

—¿Y cuándo llegaron a Tucunuco?
—Cuando llegamos, vimos en las condiciones en que estaba y supimos que íbamos a tener que trabajar muchísimo para lograr el propósito que nos habíamos propuesto. La finca en donde íbamos a establecer la colonia pertenecía a la compañía Olivarera Tucunuco, que había sido trabajada en su época por Federico Cantoni, pero estaba entonces muy des­cuidada. Era uno de los olivares mayores de San Juan, donde no se producía y vivía solo una señora. Era algo que afectaba por la belleza agreste, salvaje del panorama, y también porque era un sitio en donde estaba todo por hacer. Recuerdo que habíamos recibido críticas de nuestros padres. Ellos recién nos entendieron cuando nos visitaron en la Colonia.

—¿Hubo apoyo económico por parte del gobierno?
—Para nosotros, la gestión de Camus fue importante en ese sentido. Era gente realmente respetuosa y responsable. Gestionaron un crédito del Consejo Nacional Agrario y adqui­rieron el terreno a los herederos de Federico Cantoni. Hasta llegó a visitarnos. Además, el ITICO (Instituto de Tierras de Colonización) también apoyó la cooperativa. Camus pasó cierto día en helicóptero, nos vió trabajando y eso lo entusias­mó.

—¿Cómo fueron los primeros pasos de la colonia?
—Después de esa visita de Camus, comenzó la construc­ción de casas por el sistema de ayuda mutua. El I.P.V ponía el material y la dirección técnica y nosotros la mano de obra. Pero hasta que estuvieran construidas, vivíamos en forma precaria. Sembramos trigo, alfalfa, algodón, cebolla y ajo. Esperábamos también el resultado de los olivos.

—Pero los frutos se hacen esperar. ¿Y mientras tanto?
—El Estado nos subvencionaba. Hicimos un convenio con el gobierno por el cual nos iban a arrendar el campo por dos años. Después, en base a cómo habíamos trabajado se haría una evaluación para vendernos la propiedad con un plan de financiación apropiado a nuestras condiciones.

—¿Y qué forma Jurídica habían adoptado?
—La de una Cooperativa do Trabajo Limitada. Desde el gobierno se había sugerido otro nombre inclusive, pero este nos parecía más apropiado de acuerdo a nuestros objetivos: trabajamos todos, y lo que se produce es para todos. La tierra, bien de uso iba a ser propiedad de la cooperativa. También se iba a parcelar la tierra, pero nosotros nos negamos, queríamos todo colectivo. Había mucha flexibilidad en el gobierno, porque nos veían muy decididos, y eso les motivaba a apoyarnos.

—Vivimos en una sociedad individualista y me cuesta imaginar algunas cosas. Por ejemplo: ¿Cómo era eso de “trabajar entre todos y para todos”?
—Por ejemplo, los cimientos de cada casa llevaban cerca de 10 camionadas de piedra redonda. Esa la tuvimos que bajar entre todos. La tierra la labrábamos en conjunto. Las mujeres que estaban embarazadas preparaban la comida mientras el resto se dedicaba voluntariosamente a su trabajo, conscientes que los beneficios redundarían para todos.

—Parece algo extraído del film “Testigo en Peli­gro”, donde los “amish” construían sus viviendas en conjunto y hasta comían juntos...

 —Algo así... pero ¡ojo! que nosotros no teníamos finalidad religiosa ni política. Solo una idea, una filosofía de vida que era distinta y en la que comulgamos, pero que en cada uno tenía una intensidad y matiz propios. Al principio todos comíamos juntos, pero luego comenzaron las discrepancias. Si bien eso derivó en un proceso de decantación al final terminamos comiendo en grupos por afinidad. Cuan­do las cosas empeoraron y sólo nos quedaba la ayuda que llegaba por encomienda de padres y amigos, compartía­mos entre todos, pero había quienes, consumían solitaria­mente el contenido de esos paquetes frente a las necesi­dades de los demás.

—Se debe haber visto tanto la heroicidad como la miseria humana...
—Es verdad. Luego del derrocamiento de Camus, solo nos enviaban harina, azúcar y yerba. Por ejemplo, el azúcar estaba destinado a los niños y a los hombres que trabajaban en la construcción, pero había siempre quie­nes se robaban el azúcar y la poca leche que sacábamos.

—Así visto, la cooperativa experimentó varias etapas, en donde las cosas fueron de mayor a menor y los problemas en relación inversa.
—Quisimos siempre una comunidad en serio. Al prin­cipio, compartíamos absolutamente todo, incluso las comidas. Todo era muy difícil; había gente que no tenía experiencia en los menesteres del campo y nunca había hachado o encendido un fuego con leña y menos tratar con animales. Siempre recordamos con una sonrisa a una chica que se levantaba muy temprano para encender el fuego, y quería hacerlo con dos troncos y un poco de hojas y papel... pero hasta que al final los troncos tomaban combustión, pasaba un largo tiempo...

—Internamente el grupo se fue quebrando...
—Es que había gente que tenía voluntad, pero no estaba preparada para compartir, para vivir en comuni­dad. Entonces surgían los rasgos más altruistas como los egoístas. Pensamos que se iba a componer a medida que se ganara en experiencia y se fueran quienes realmente no tenían espíritu de compartir. Pero las cosas no mejora­ban. Se cortó el agua y comenzaron a secarse los cultivos. Lo peor es que no tuvimos ningún apoyo de las nuevas au­toridades. El gobierno de Camus nos iba a entregar un grupo electrógeno, pero al final, se tuvo que ir... Hizo un agasajo para los colonos el día 23 de marzo. Pensamos que fue el último acto oficial como gobernador antes del golpe.

—¿Se modificaron mucho las condiciones?
—Totalmente. Si la misma palabra “comu”…nidad asustaba muchísimo. No recibimos apoyo económico, las provisiones quedaron reducidas a algo de harina, azúcar y yerba. Nos olvidamos de qué era la carne, pero seguía­mos firmes. Hasta que llegó septiembre...

—¿Qué pasó en septiembre?
—Un operativo antiguerrilla que hizo la Guardia de infantería. Hasta con perros vinieron. Antes habíamos tenido dos operativos con Gendarmería pero se portaron como caballeros, y el trato en ningún momento dejó de ser cortés. Pero con la Guardia de Infantería fue distinto, fue brutal. Jorge por tres meses no pudo dormir con el recuer­do de los perros... Fue terrible; hasta simulacros de fusilamiento hubo. Nos asustamos muchísimo. Entonces, gente que estaba entre el “me quedo” y el "me voy", se terminó de decidir.

—Y todo se fue perdiendo.
—Así es. Ya había un proceso de descomposición interna que se agravó con la crisis y esto último remató todo. Habían recibido denuncias de que éramos subversivos y teníamos armas de guerra. También se decía que éramos de una secta. Era algo que nosotros no terminábamos de entender bien. Pero si entendíamos el peligro que había­mos corrido en esas manos. La gente que tenía hijos entendió que no era muy saludable seguir ahí y fueron a buscar su vida a otros lugares. Otro grupo volvió al ejer­cicio de sus profesiones. Habían aquí un médico, un vete­rinario, ingenieros, dentistas, mecánicos, fotógrafos...

—¿Qué perspectivas tienen de esa experien­cia quince años después? ¿No pecaron de idea­listas?
—Hay que recordar que toda esa juventud estaba influida por aquellos movimientos de los años ’60, que enaltecía la calidad huma­na, la solidaridad, las bue­nas intenciones. Había si una cuota de idealismo. Pero ¿Qué es la juventud sin ideales? Por ahí pensa­mos que nos embarcamos en una empresa para la cual hoy, con seguridad pediría­mos más garantías. Hubo una época en que podían echarnos del lugar y noso­tros no teníamos jurídica­mente el derecho a recla­mar nada... algunas cosas que sólo con fuerza las superabas.

—Al proyecto uste­des le dieron tiempo, trabajo, sacrificio. Pero esa vivencia, independientemente de los re­sultados: ¿Qué les dejó?
—No asustarnos ante cualquier contingencia. Ser flexibles. Mantener siempre la capacidad de adaptación para sobrevivir. Adecuarse no significa renunciar a nada. Y una pregunta, que más que pregunta es a la vez un recla­mo y aliciente que nos impul­sa a trabajar cada día con más fuerza: ¿Por qué el inte­rior está así? ¿Por qué nues­tros hijos, por el solo hecho de nacer en estas tierras deben estar en desventaja?

—Son los únicos que quedaron de tanta gen­te... ¿Por qué se queda­ron en Jáchal?
—Muchas veces nos han preguntado por qué nos que­damos. Y nunca tenemos respuesta. No lo sabemos to­davía. Nos fuimos quedando... simplemente. No nos hemos ido por no poder; sinó que no nos hemos planteado el tema. Nuestros cuatro hijos y una lucha quijotesca por mejorar Jáchal. La gente y el clima en que se vive son mo­tivos válidos para que cual­quiera se quede. Esto es la vida, disfrutar de las cosas que en una comunidad chica uno puede hacer: gozar de la solidaridad de un pueblo, ver crecer a tus hijos, tomar una copa, un mate sin apuros, conocer a la gente y a sus inquietudes. En Buenos Aires no estábamos mal económicamente, y tenía­mos a nuestros padres y amigos. Trabajábamos. (Beatriz, que es profesora de Inglés y Jorge en una fábrica diseñando mue­bles.). Por supuesto que en Buenos Aires hay más co­modidad, mayores oportuni­dades, pero ese fue el precio que pagamos. Un precio que pese a los sacrificios, muy felices pagamos.

Ver artículo: Tucunuco: El sueño que no dejaron ser

GALERIA MULTIMEDIA
En esta foto se ve a Beatriz Navarro, entonces embarazada, observa junto a su hijo los pollos que "soñaban", sería la base de la futura granja.
Jorge Oscar y Beatriz Celzo de Navarro, mate de por medio, durante la entrevista que se les realizara para El Nuevo Diario en 1990