La música aborigen

 A pesar de haberse practicado entre los huarpes y pehuenches el baile y el canto, por lo insípido, monótono y por la falta de belleza que caracterizó a ambos, puede afirmarse que la música vocal e instrumental aborigen, no tuvo en Cuyo ninguna importancia.

No obstante que una innata emotividad, en una forma primitiva y rudimentaria estimuló estas expresiones de belleza, ellas sólo se exteriorizaron en los fes tejos de las visitas de tribu a tribu, con motivo de casa­mientos, fiestas religiosas, antes y después de las bata­llas en los tiempos de guerra, en los entierros y demos­traciones de pesar, pero no se perfeccionaron, mante­niéndose dentro de una grotesca simplicidad.

Las únicas que tuvieron un carácter más expresivo fueron las danzas y canciones que se realizaban con motivo de las buenas cosechas o pariciones. En ellas cantaban las mujeres tomándose de las manos, en for­ma de circulo daban vueltas y saltos alrededor de los hombres que en el centro danzaban. Se adornaban pre­viamente la cabeza, los brazos, las piernas y la cintura con vistosas plumas de diferentes colores.

Estos cantos y danzas se realizaban durante varios días en épocas determinadas, encendiéndose durante las noches grandes fogatas. Fueron los únicos cantos y danzas en que hubo variaciones. En ellos, se imita­ban ciento nueve gritos y cantos de las aves y otros animales, lo mismo que sus actividades durante la épo­ca del celo o del apareamiento.

En los cantos de carácter religioso se seguían ritos especiales, pero las variaciones de modalidad, tono y timbre de la voz, eran muy personales y estaban sujetas a las condiciones y aptitudes del santón o curandero que las practicaba, y entre ellos nunca trataban de imi­tarse o repetirse.

Los cantos que podríamos llamar guerreros, se rea­lizaban antes y después de las grandes batallas, y cons­tituían gritos feroces acompañados de gestos y adema­nes amenazantes de diferente carácter, que terminaban en estruendosas carcajadas, golpeándose la boca, o en espantosos rugidos.

En esta clase de cantos no intervenían las mujeres y los movimientos eran de una agilidad maravillosa.

En las danzas nunca se apartaban a bailar por pare­jas: ejecutaban los hombres, y las mujeres hacían coros con sus cantos, o en ronda saltando y girando alrede­dor de un grupo de bailarines que lo hacían en el centro.

Los instrumentos fueron tamboriles, que los hubie­ron de diferentes dimensiones; calabazas, que emplea­ban como sonajeros, llenándolas con arena y pedregu­llo de variado volumen. La flauta, formada por un ci­lindro de caña, a manera de silbato con dos o más agu­jeros, y la quena, formada por tubos de caña o silbatos que aumentaban progresivamente de longitud y espe­sor. Los cronistas de la primera jornada colonizadora dicen que no recuerdan haber encontrado entre los indígenas de Cuyo instrumentos de cuerda.


La música y la danza en Cuyo, durante la época colonial

Durance la conquista española en América, entre las tribus indígenas, se fomentó el canto, la música y la danza, especial men te durante la propaganda y explotación organizada bajo el régimen feudal preconizado por los apósrolcs franciscanos o jesuítas.
Advirtiendo los conquistadores que la violencia era una táctica contraproducente, después de la visita que el quinto obispo de Santiago de Chile, fray Juan Pérez de Espinosa realizó a la provincia de Cuyo en el año 1601, estableciendo doctrinas o parroquias rurales en Calingasca, Jáchal, Mogna, Valle Fértil, Valle de Jurua, Valle de Uco, Valle de la Barranca, Uspallata, Lagunas de Guanacache, Desaguadero, Coro-Corto, Valle de Concarán y el Diamante, dice el padre Lozano en su historia de la Compañía de Jesús en el Paraguay: "los indios de Cuyo no eran bien instruidos en la religión católica por falta de sacerdotes y por la ambición desmedida de encomenderos crueles que violentamente los separaban de sus mujeres e hijos, llevándolos en venta para los trabajos más rudos de las granjerias y minas de Chile, y que, gracias a los procedimientos humanos de los padres Juan Pastor, Diosdado, Agricola. González Chaparro. Vargas, Juan Mozcozo y otros, alumnos todos del convictorio del beato Edmundo Campeón, que se llamó después San Francisco Solano, aprendieron el idioma de los indios huarpes y pe- huenches, escribieron vocabularios para usos de sus compañeros, canciones y músicas que aprovechaban en sus enseñanzas".

Nada ha quedado escrito de esas canciones y músicas; únicamente existe lo que ha conservado la tradición oral a través de los relatos de los cronistas de la época, lo que se deduce de los instrumentos encontrados en los cementerios aborígenes; de las cerámicas y útiles de metal con dibujos alegóricos, en los que algunos arqueólogos creen ver instrumentos de música. Por todo ello se piensa que la cultura española influyó poderosamente en la música, en el canto y en las danzas aborígenes, perfeccionándolas y transformándolas. En Cuyo la acción absorbente fue total, tanto como enérgico el propósito de concluir hasta con los más primitivos valores étnicos incompatibles con la religión, muchos por sus modalidades sensuales, o por estar mezclados con ritos eminentemente paganos.

Pero, debiendo los españoles celebrar sus victorias y ajustar su vida fácil y de permanente ocio, y hacerla más llevadera, organizaban entre ellos grandes fiestas donde alternaban con los funcionarios y encomenderos, los mitayos y yanaconas de la raza vencida, y así. señores, caciques y eclesiásticos presenciaban unidos los ruidosos festejos de las muchedumbres.

La música popular en Cuyo

La canción llana, clara y sencilla, sigue siendo entre el pueblo cuyano una forma predilecta de su lenguaje. Adaptados a las diferentes costumbres regionales, se reviven en la música y el verso los más variados romances y episodios de la vida cotidiana.

En cuecas, gatos, tonadas, décimas y octavillas milongadas, se pintan con admirable vigor las costumbres patriarcales, los épicos episodios de la lucha por la libertad, las agitadas contiendas entre la civilización y la barbarie, o las apasionadas y crueles guerras fratricidas de la política. En fin, la música criolla ha seguido en nuestro medio, el proceso evolutivo normal y general de todos los pueblos del universo. Los poetas antiguos, individualmente o en coro, cantaban sus propios versos, y con danzas adaptadas el pueblo los acompañaba. Lo mismo siguieron haciendo todos los pueblos: en España, los trovadores cantaban y componían la música de sus producciones, y en el nuestro, donde los payadores reemplazaron a los poetas y trovadores de los tiempos antiguos. Ellos encantaron el oído de sus antepasados, siguen alegrando a las generaciones del presente, lo harán con las del futuro, e inundando el alma criolla con las más puras y nobles emociones, seguirán encontrando en el ritmo ameno de la danza, el incomparable complemento recíproco de la música, la poesía y el baile. Por eso es que en nuestras producciones autóctonas se advierte la desembarazada sencillez del conjunto armonioso de ellas.

Aparece el gaucho y con él su música, sus cantos y sus danzas; el instrumento de cuerda reemplaza al tamboril y a la flauta, desaparecen las primitivas danzas salvajes de los aborígenes, llegan la cueca, el gato, el sereno, el gauchito y otros bailes que revelan en sus versos, en sus melodías y en el ritmo de sus movimientos, una perfecta unidad: a tono, se entiende, con la influencia psicològici de la época y del lugar donde se practica.

Ver El renacer de la música sanjuanina.
Material que integra el proyecto ganador del Fondo de Fomento Concursable para medios de comunicación audiovisual (FOMECA), preparado por Fundación Bataller.

GALERIA MULTIMEDIA
Gato cuyano. Escena del video El renacer musical sanjuanino, publicado por Fundación Bataller.