El Mirador - Escribe Juan Carlos Bataller
Paris, espejo de una realidad que se extiende. La vieja Europa dice adiós al “estado de bienestar”
Escribe: Juan Carlos Bataller - Ilustración: Miguel Camporro
Las manifestaciones del sábado pasado en Paris congregaron a entre 550.000 y
800.000 personas en todo el país. Lo que comenzó como una protesta
estudiantil focalizada por la falta de docentes se transformó rápidamente en un
movimiento nacional masivo contra el alto costo de la vida, la crisis de
la vivienda y las políticas de austeridad del gobierno.
Aunque
las marchas oficiales fueron mayormente pacíficas, la jornada derivó en
disturbios sin precedentes provocados por grupos radicales dejando un balance
nacional con más de 2.000 detenidos, cerca de 1.000 agentes heridos, un
fallecido por paro cardíaco y al menos 1.500 comercios saqueados o destruidos.
Entre
los daños materiales más graves destaca el incendio intencional que destruyó el
histórico ayuntamiento de la ciudad de Limoges.
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En París, barrios enteros sufrieron destrozos, barricadas e incendios a
escasos metros del Palacio del Elíseo. Las fuerzas de seguridad utilizaron
gases lacrimógenos y granadas aturdidoras para dispersar las concentraciones no
autorizadas.
En
Limoges, el fuego devoró por completo el ayuntamiento del siglo
XIX, provocando el derrumbe de su campanario.
En
Marsella y Lyon, se registraron saqueos en alcaldías distritales y
oficinas de turismo, además de ataques a unidades residenciales oficiales.
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El detonante fue la precariedad del inicio del ciclo escolar, con clases
masificadas, deficiencias edilicias en los liceos y salarios docentes bajos en
comparación con otras profesiones.
Las
movilizaciones coinciden con el intento del gobierno de aprobar un presupuesto
nacional de austeridad altamente impopular.
A
seis meses de las elecciones presidenciales de la primavera de 2027,
este escenario sacude el tablero político y, como es previsinle, la líder
opositora Marine Le Pen se ha consolidado como la gran favorita para ganar el
Elíseo. Su discurso centrado en el restablecimiento de la disciplina escolar,
un mayor financiamiento policial y la mano dura contra los vándalos ha ganado
un fuerte impulso tras el caos de este fin de semana.
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Pero Francia no es un caso aislado en la vieja Europa. El debate sobre el
futuro de Europa ha dejado de ser una preocupación de teóricos para convertirse
en una realidad palpable en sus calles, parlamentos y fábricas. La combinación
de un estancamiento económico estructural, el colapso de su modelo energético,
la insostenibilidad del Estado de bienestar y las tensiones derivadas de la
inmigración no regulada configuran un escenario de declive histórico que ya
parece irreversible.
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La pérdida de soberanía y competitividad energética es, quizás, la herida más
grave que se ha autoasestado el continente. Durante décadas, la locomotora
europea —especialmente Alemania— cimentó su éxito en el acceso a gas
natural barato.
La
desconexión del gas ruso, sumada a decisiones políticas internas como el cierre
definitivo de sus centrales nucleares y una transición verde apresurada ha
dejado a la industria expuesta a costos de electricidad prohibitivos. El precio
de la energía industrial en Europa duplica o triplica al de competidores como
Estados Unidos o China.
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Sectores históricos como el químico (con gigantes como BASF reduciendo su
presencia doméstica), el automotriz, el siderúrgico y el metalúrgico están
recortando producción o directamente mudando sus plantas a Norteamérica o Asia.
Alemania enfrenta una sangría de cientos de miles de empleos industriales,
transformando lo que era el «motor de Europa» en el enfermo del continente.
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El pilar fundamental de la Europa de la posguerra está llegando a su límite
matemático. Diseñado en un contexto de alto crecimiento demográfico y dinamismo
económico, hoy se enfrenta a realidades demoledoras:
1. El envejecimiento demográfico:
Europa tiene una de las poblaciones más envejecidas del mundo. Hay menos
trabajadores activos para sostener a un número creciente de jubilados.
2– El gasto público desbocado:
La presión sobre los sistemas de salud, pensiones y subsidios está asfixiando
las finanzas públicas, obligando a los gobiernos a emitir deuda a niveles
alarmantes o a aplicar recortes que erosionan la paz social.
3. Inmigración descontrolada y fractura cultural:
La gestión de los flujos migratorios se ha convertido en el desafío más
divisivo y complejo del continente. A diferencia de olas migratorias pasadas,
amplios sectores señalan que los flujos masivos y no regulados dificultan la
asimilación cultural, creando fracturas sociales, guetos urbanos y tensiones en
la seguridad ciudadana. La percepción de una inmigración «no deseada» y la
incapacidad de las élites bruselenses para proteger las fronteras externas han
dinamitado el centro político tradicional, impulsando el auge de partidos
soberanistas y nacionalistas en Francia, Alemania, Italia y los Países Bajos.
4. Pérdida de relevancia global:
Mientras Estados Unidos lidera la revolución de la Inteligencia Artificial y la
tecnología, y Asia monopoliza la manufactura y el crecimiento demográfico,
Europa se ha quedado rezagada. Atrapada en la hiperregulación burocrática, la
falta de capital de riesgo y la escasez de materias primas críticas, el
continente corre el riesgo de convertirse en un «museo a cielo abierto»: un
lugar hermoso para el turismo y con un pasado glorioso, pero sin peso real en
las decisiones geopolíticas y tecnológicas que moldearán el resto del siglo.
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Sin energía barata para producir, sin demografía para sostener sus servicios
públicos y sin cohesión cultural para mantener la estabilidad social, el
declive ha dejado de ser una advertencia para convertirse en un hecho
consumado. La Europa del bienestar y la seguridad está dando paso de forma
acelerada a una era de incertidumbre, estancamiento y fragmentación.
Fuente: Publicado en El Nuevo Diario, edición 2215 del 24 de octubre
de 2026