Un domingo


El corazón del joven es una nidada de esperanzas. El corazón del viejo es una jaula de pichones. Y así pasa la vida: rompiendo huevos y criando pájaros. Y, al fin del tiempo del hombre, sólo quedan el recuerdo de un nido, vacío, y la visión de un ave surcando el aire rumbo al olvido. ¡Tierra es el hombre y todo Intento de remontar el vuelo es vano, sólo nos queda la posibilidad de dignificar el polvo, de recrear el barro! A veces, Dios aprieta, pero no mata. Sírvanos de consuelo el saber que la orquídea, la más soberbia y presuntuosa de las flores, hunde sus raíces en el barro podrido. En la naturaleza nada hay al azar, todo está en su sitio exacto y madurando para el Amor. Sí, Dios aprieta pero no ahorca; dejémoslo que El haga; nuestra simple y humilde misión es poner el cuello. ¡Claro que te va la vida, pero, nada que no entregues la vida, vale la pena vivirlo. En alguna parte se esconde la dicha, nuestra misión es buscarla y, mucho me temo que la verdadera dicha es buscarla y no encontrarla. El hombre, buscador del ave de la felicidad, la busca en el infinito cielo y olvida que ella, la dicha, se esconde en lo profundo del corazón del Hombre: ¡Nada nos viene, todo nos sale!

El anciano tomaba el sol en la plaza, estrujaba unas galletas y daba de comer a las palomas. El niño corría entre las palomas y quería pillar una: la paloma lo esquivaba en un breve vuelo y volvía a las migas, el anciano y el niño. El sol, tibio y brillante acariciaba la piel del anciano y destellaba en la cabellera del niño. Una señora, en la fuente, bebía agua de la boca de un sapo de bronce. Un cura, gordo, grave y pausado, atravesó la plaza, su cabezota tonsurada, su cara roja y sudorosa, su cabeza gacha y sus regordetas manos trajinando en un rosario, era como una estampita del medioevo; como una sensación de culpa que atravesaba el aire de £se domingo de primavera. El campanario de la Catedral dio las once y un ballet de pájaros surcó el azul y quieto cielo. Dos viejas beatas apresuraban el paso, como temiendo llegar tarde a la misa y al sermón.

En las veredas del este de la plaza, el multicolor atuendo y la superflua charla de la juventud urdían la eterna trama del amor en las mesas de los bares de moda. El atronador volumen de los parlantes difundiendo el rock hacían la delicia de los muchachos y el fastidio de los mayores que conversaban de política. Los fieles, que salían de la misa desbordaron la capacidad de los bares, se empeñaban en iniciar el acopio de nuevos pecadillos, hasta el próximo domingo en que volvería a repetirse el milenario rito. Embobado ante una mesa de chicas, Dipus, lejano, enfermo y luminoso, prodigaba su enigmática sonrisa y exclamaba: ¡Se pasaron, las vagasss!

Pasado el mediodía, en el comedor de Serapio, la gente, vestida de Domingo, echaba el resto de los ahorros en el consumo de las apetitosas viandas: ravioles, pollito al ajo, asado, bifes con papas fritas y todas las delicias que el estómago digería y el bolsillo aguantaba. Los hombres lucían a sus mujeres y las mujeres a sus hombres, con el orgullo de quien muestra un trofeo de caza: ¡La cabeza de un ciervo, por ejemplo! En casi todas las mesas las botellas cogotudas trataban de insinuar un bienestar económico que, era dudoso en los días fuera de los feriados. El postre era obligado y, al pagar la adición, todo el mundo lo hacía con billetes grandes (y grandes prosopopeyas), se dejaban propinas que, por lo suculentas, excedían el buen gusto. Después, se demoraba la degustación del café sumergidos en un pastoso murmullo y un espeso vaho alcohólico.

Los mozos, ya sentados en la larga mesa gozaban de su turno en el comer; saludaban a los que se retiraban, prodigando estudiadas sonrisas. Las primeras mesas ya tenían las sillas arriba y los últimos comensales se retiraban, ya sin la compostura del entrar, ahora el hombre adelante y la mujer detrás. Algunos iban urgándose los dientes con un palillo y no era extraña la desacomodada nota de un simulado eructo. Ya en la calle y con las llaves bamboleando, cada uno se dirigía a su automóvil, ponían en marcha el motor y ¡a casita! Allí, en la casa estaba el verdadero paraíso de cada uno: el sacarse la incómoda ropa (traje dominguero) tirar lejos los zapatos, ir al baño, dar escape a los gases de tanta comida, y tirarse, despatarrado, a dormir la siesta. ¡Que ese es el verdadero goce del vivir de la llamada clase media! ¡La felicidad de la clase media tal vez resida en que carece de clase!

Al atardecer. Esos atardeceres de los domingos, todos iguales, lentos, melancólicos y tristones. Tal vez el tiempo, más que el hombre, presienta la proximidad del lunes: la vuelta a la rutina y al trabajo. A sentir la desagradable intuición de nuestro esclavo ancestro o la nostalgia de una patria olvidada en la nubosidad de los tiempos, algo así como si de la inmensidad de la noche nos llamara una extraña voz de sal, cal, fósforo y licuados minerales desde el fondo de bs tiempos ¡Algo así como para ponerse a llorar, vio?

Me levanté del banco de la plaza y, a paso lento me fui para las casas, el sol, bajo, alargaba mi sombra. Pensé: ¿Seremos eso, una pura sombra ?

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