Guillermo Flores "Cacho": el médico de las mil aventuras

El médico Guillermo Flores fue entrevistado por Juan Carlos Bataller en febrero de 2019, en el ciclo Qué hiciste con tu vida.

Cómo lo vi
 Esta es una entrevista distinta, no apta para hombres grises. El protagonista no se volvió loco de repente. Siempre lo fue. Y siempre lo será.
Pero… ¿qué es la locura?
Una vez el cronista le pregunté al Cacho si era consciente que la gente podría considerarlo raro o loco. Y él me contestó:
–Claro que lo sé. ¿Cómo no te vas a dar cuenta? Manejo otros códigos. Para el común de la gente, un hombre de 40 que es espontáneo, no ha madurado. ¿Tengo que perder la espontaneidad para ser maduro? Yo escucho a la gente que dice: “pobre, no maduró, siempre va a ser un inmaduro”. Pero leo a los filósofos y dicen que el hombre envejece pero no madura…
Digámoslo de una buena vez.
Cacho es médico, pasó los 70. Y no está loco. Es un loco lindo, que es otra cosa.

Si aparece en estos relatos fue porque al conocer su vida me hice una pregunta.
–¿Sale barato ser loco lindo, raro o simplemente loquito?
Vamos a la historia.
JCB


Cacho, un buen alumno que se portaba mal
—¿Dónde cursaste la escuela primaria…?
—Uhh… ¡qué difícil va a ser explicarte!
Bueno, lo intentemos. La primaria la empecé en la Escuela Sarmiento, frente a la plaza Laprida. Allí fui a primero, primero superior y segundo… Ahí me echaron.

—¿Te echaron? Tenías ocho años…
—Sí, por mal comportamiento. Yo era muy rápido. Terminaba mi trabajo antes que el resto y después me aburría. Molestaba demasiado a las maestras, me peleaba con los compañeros, esperaba los recreos y me agarraba a piñas con los demás.

—¿Y qué hiciste?
—Me fui a tercer grado a Don Bosco. ¡Me hice monaguillo!

—¿Monaguillo?
—Sí, daba misa con el padre Recio. Me acuerdo que estaba con el incienso y lo levantaba demasiado y me decía el padre: no lo levantés mucho que vas a asfixiar a la gente. Y después ponía la bandejita para que saquen la lengua los feligreses para salvarse con la hostia.

—No sos muy ortodoxo cuando hablás de cuestiones eclesiásticas…
—Yo tenía mucha memoria visual. Tal es así que cuando regresaban, le decía al padre Recio: “este está por segunda vez aquí, parece que está muy preocupado por salvarse…”

—¿Completaste la primaria en Don Bosco?
—No. También me echaron…Un día me robé más de sesenta hostias, listas, ya preparadas para la misa.

—¿Y para qué robaste hostias?
—Me las robé y me las comí, tenía hambre. El cura se enojó ya que no podía dar misa porque habían desaparecido las hostias. Empezó a investigar quién se las había llevado hasta que le dije: “No investigue más padre, me las comí yo”. Y me echaron. Pasé a cuarto grado a la Sarmiento de nuevo.

—¿Te aceptaron?
—Sí, me aceptaron. Susana Bravo era la maestra. Sólo hice cuarto, volví a tener problemas y luego pasé a la Rivadavia, donde terminé quinto y sexto grado. O sea que hice la primaria en tres escuelas y en una de ellas dos veces.

—¿Qué pasó en la secundaria?
—Me preparé con Adriana Soliveres de Guimaraes para el Liceo Espejo. Fui a revisación médica en el Liceo pero no me gustó mucho la onda. Me dije: acá no voy a andar porque esto es muy estricto. Y como me había preparado me metí en la Industrial, que tomaba examen. Ahí hice primero y segundo y me eximí en todas. En tercero me quedaron cuatro. En cuarto me echaron por amonestaciones…

—¡Otra vez sopa!
—Sí pero rendí libre cuarto y entré a quinto con dos previas, inglés y dibujo técnico. Ahí fue el desastre…

—¿Cómo fue eso?
— Yo seguía Vial. En quinto había un profesor que se llamaba Collado Cattani, que dictaba Cálculo de madera y hierro. José Omar Toro era el director de la escuela. Recuerdo que tenía de compañeros a Marcet, a Julio Quattropani. Con Collado estábamos todos eximidos pero nadie sabía nada porque a él no le interesaba mucho enseñar. Tampoco él sabía la materia.

—¿Y qué pasó?
—Parece que Toro se había dado cuenta que Collado eximía a todos y no enseñaba. El caso es que llega mitad de año y el profesor nos habla y nos pide que uno de nosotros rindiera. “Eso me haría quedar bien con el director”, nos dice. Me ofrecí a ayudarlo pero le aclaré que no sabía la materia. Y Collado me aseguró; ”no te hagas problema vos te estudiás el tema que te voy a dar y aprobás”.

—¡Qué fácil…!
—Y bueno hicimos un pacto y me da el método de Cremona para que estudie. Lo estudie bien pero sabía eso y nada más. Llegó el día del examen y le digo a Collado: “acuérdese ingeniero que hay bolillas en el examen y hay otro profesor en la mesa”. Se trataba de Víctor Rodrigo Navas, un profesor muy serio que después fue director de la escuela. Y Collado me dice: “el jefe de la mesa soy yo, yo te tomo ese tema y chau”.

—¿Y cumplió?
—Entro a rendir y Rodrigo me dice “saque bolilla”. Yo lo miraba a Collado pero él no decía nada. Saco bolilla y me dicen: “hable”. Y yo contesto: “De que voy hablar si lo único que sé es el método de Cremona?”. Y Rodrigo –que nada sabía del acuerdo, me dice: “si no ha estudiado nada, vaya”. Salgo y me encuentro con los compañeros: “¿Cómo te fue?” “Mal”, les contesto. “Viste que fuiste un pelotudo. Si estabas eximido… ¿para qué te presentaste?”

—¿Y qué hiciste?
—Les dije a mis compañeros: “Ah… esto no queda así… Cuando salga Collado le pego. Y así fue. Salió y le pegué un flor de piñón. Después agarré un palo y le rompí una estanciera que tenía…

—¿Y qué hicieron?
—Gran escándalo. Hasta en los diarios salió. Bates me dedicó una musaraña en el Diario de Cuyo. Y me echaron de la escuela. Me suspendieron por dos años y como no me dieron los papeles no podía ingresar a ninguna escuela…


Los viajes
—¿Cómo hiciste tu primer viaje?
—A dedo. ¿De qué otra forma podía hacerlo? Me fui con cien pesos. Llegué a México.

—¿Tuviste problemas en alguna parte?
—En Nicaragua, estaba Somoza, en el 69 y me echaron. No tuve problemas, pero me dieron 48 horas para salir del país. Me fui al puerto y me subí en una lancha torpedera, que me dejó en El Salvador y seguí viaje.

—Cuánto tiempo estuviste viajando…
—Dos meses, de vuelta me vine en avión. Después mi viejo me regaló una motito, una 48, que la compré en Yacamar que estaba en Laprida y Jujuy. Valía 3.000 pesos, la compramos en cuotas. Y después se funde Yacamar, así que la moto no se pagó nunca. Le hice los papeles y me fui justo para la época del Cordobazo, pasé un mes allí y después, me fui hasta Paraguay. 4.500 kilómetros, salí en el invierno desde acá, llegué a Paraguay y me volví, esto está documentado por el diario Los Principios de Córdoba, que me hizo un reportaje.

—¿Y después?
—Cuando me fui de Córdoba, hago el segundo viaje en la 48 rumbo a la Guayana Francesa. Yo tenía una Ford A 31 que la estaba arreglando para irme a la Guayana. Me había inspirado en la novela de Papillón y quería investigar el presidio, si fue verdad o no. Pero cuando iba a partir se vino una suba de la nafta y entonces dije me voy en la motito 48. Vendí la Ford que tenía un motor V8, agarré la Mival 48 que ya la había llevado a Paraguay, es decir tenía antecedentes de resistencia, y dije me voy para Guayana. Empecé a subir hasta que llegué a La Paz.Llegué a Perú y ahí comenzó otra historia.

—¿Otra historia?
—Yo llevaba dos armas, un 38 de acá y un 38 que me habían vendido en la frontera con Perú. Resulta que ese 38 era de la policía secreta del Perú y le faltaba una bala, con la que habían matado a un policía. El que me la vendió me dijo: “bórrele el número”. Pero yo estaba apurado por andar y seguí. Llegué a Lima, me hicieron un reportaje, iba bien yo, todo terreno plano pero cuando iba llegando a Ecuador se cruza un Ford Falcon de la secreta y me cortan el paso. Me piden documentación, todo está bien. De pronto me dicen “vamos a la comisaría”. Me hacen sacar todo, les digo tengo armas, y ahí me metieron preso. Salí en los diarios peruanos: “Cae argentino, va con armas, sería guerrillero”. Un quilombo que ni te cuento, hasta se metió la embajada…

—¿Y?
—Estuve 3 meses preso, me trajeron a Lima y la moto quedó casi en la frontera. Estuve detenido con 30 guerrilleros. Recuerdo que traían la comida en tachos de 200 litros, esos de aceite. Venían los pollos hervidos y de color negro, podridos. Logré safar, me dejaron en libertad y me dijeron “puede seguir el viaje”.

—Imagino que te habrás ido rapidito…
—No, les dije no me vuelvo a la Argentina sin la moto que quedó en la frontera. “Se la mandamos después”. No, métame preso de nuevo pero tráigame la moto. O me quedo acá o la moto se va conmigo. Estuve cinco días más preso, me la trajeron, no le faltaba nada, la embarqué hasta Ezeiza de ahí a Aeroparque y desde allí a Las Chacritas, donde me esperaba mi viejo.

—O sea que a las Guayanas no llegaste. Todo terminó en Perú...
—En ese primer intento a la Guayana no llegué. Pero pasaron tres años y me digo “voy por el desquite” y en Córdoba me regalaron una Puma 98. Aguiar Arancibia, el cardiólogo, me dice llevátela. La armé, la empecé a probar, me iba al Cerro Blanco, con un tipo pesado atrás para ver si aguantaba y cuando consideré que estaba, me presenté en el Diario Tribuna de la Tarde y dije “voy por el desquite a las Guayanas por otro camino”.

—¿Qué año era?
—Con la 48 fue en el 78 y en la Puma en el 82. Partí con cien pesos y agarré por Chepes, Serrezuela, Córdoba.

—Pero con $100 pesos poco podrías hacer…
—Iba pidiendo plata. Empecé con un reportaje en la frontera, en Uruguayana y en Porto Alegre otros reportajes. Y la gente me ayudaba. Y cuando llego a Curitiba me filma la TV Globo, que es como decir Crónica TV acá, se ve en todos lados. Eso me facilitó pues cuando llegaba a cada pueblo ya me conocían y esto es muy importante.

—¿Cómo seguiste?
—En barco por el Amazonas hasta Macapá y de ahí tenía dos caminos, la selva, el Amazonas con 700 kilómetros de selva virgen o un avión que costaba 70 dólares. No me quedó otra que enfrentar la selva.

—¡Linda aventura!
—¡Papito! Te daban un rifle con 50 cartuchos por si hacía falta, el que debías entregar al llegar. Arranco de Macapá. Al primer pueblo, Ferreira Gómez, ciento y pico de kilómetros, llegué al atardecer y dormí ahí. Al otro día en la mañana tenía que pasar un río. Una barcaza me pasa y me deja. Me quedaban 600 kilómetros por una rutita que en la primera llovizna se te hace barro.

—Y te largaste…
—Ando y ando y a las cinco de la tarde empieza una llovizna, no pude seguir, me tuve que quedar. Cansado me meto entre unos arbustos, hago un nido, pongo la moto y cuando veo a los costados me veo rodeado por gatos onza.

—¿Qué son los gatos onzas?
—Son como el Chita. La piel es muy cara. Son de la familia de los felinos, como la Pantera, peligrosísimos. (N.R.: conocido también como ocelote)

—¿Qué hiciste?
—¿Qué iba a hacer? Me quedé quietito y me dormí entre los gatos onza. Al otro día me levanto y estaba todo despejado. Es entonces cuando siento un ruido… Un camión, de esos Ford viejos porque eran los únicos que podían entrar ahí, con 25 tipos armados hasta los dientes.

—¿Por qué estaban armados?
—Para protegerse de los animales. Me dicen “¿Pero usted está loco? ¿Cómo se ha metido solo en la selva y ha podido sobrevivir?”. No sé, debe ser de suerte. Cargaron la moto y me llevaron hasta la frontera. Llego a Oiapoque, todavía en Brasil, donde tenía que tomar otra lancha hasta Saint Georges, un pueblo chico que tiene aeropuerto y un barco que va a Cayena cada 12 días. Estaba con un francés de 22 años y un holandés de la misma edad. Nos hicimos amigos, todos iban para Guayana. En eso cae un viejo de más de 60 años, se sentó con nosotros y dice ¿Les gusta la aventura? Y nos ofrece llevarnos en un barco que él tenía en la desembocadura del Atlántico.

—¿Qué pasaba con el barco?
—Se le había roto una pieza, la había conseguido y nos ofreció llevarnos. “Sólo tienen que llevar la comida para cinco días”, nos dijo. Compramos 50 dólares en mercadería que pagaron el holandés y el francés y nos embarcamos en una lancha, los tres y la moto. Desde ahí hasta la desembocadura del Atlántico, salimos a las 12 del día, llegamos a las 9 de la noche. Arribamos a la desembocadura, que estaba invadida por tiburones y el viejo hace arrancar el barco y al rato pum, saltó la pieza. El hombre llevaba un contrabando de cacao, de Brasil a la Guayana. Pero eso no era problema porque en Guayana necesitan el cacao. Y el tipo nos dice “no se preocupen, nos vamos a vela”.

—Navegando a vela entre los tiburones…
—No sólo eso. Cuando empieza a desplegar las velas, vos vieras lo que eran, emparchadas, zurcidas. Pero allí íbamos, por el Atlántico, con buen viento. Pero de pronto se paró el viento, empezaron a pasar los días, el agua se empezó a terminar. No teníamos agua ni para hacer un café. Hasta que una noche vimos las luces, Cayena, ¡qué emoción!

—¿Qué hiciste en Cayena?
—Empecé a andar, me fui a Saint Laurent a ver el presidio de Cayena, aquel famoso del libro de Papillón, que existe. Como existe también el hospital que comunica por un pasadizo con el presidio, que cerró en el año 47 para quedar luego como un museo. El famoso presidio lo creó Napoleón Bonaparte para los presos políticos y criminales de Francia.

—¿Y vos qué hacías?
—De todo. Hasta me enrolé en la Legión Extranjera…

—¿La Legión extranjera francesa…?
—Sí, estuve en la Legión Extranjera francesa. Me metí con un chileno, hicimos toda la parte física, la prueba, armamento y cuando consideraron que éramos aptos y nos quisieron hacer firmar el contrato que era por cinco años me fui, aduje que tenía problemas…

—¿Y después?
—Tenía que pegar la vuelta. Pero el problema era traer la moto.

—¿Por qué no la vendiste?
—Porque yo soy así. Si salgo con la moto, vuelvo con ella. Y bueno, tenía que juntar plata. En Cayena había un prostíbulo con 500 prostitutas. Las traían en avión desde la República Dominicana. Me puse un consultorio para aprovechar mis estudios de astrología y quiromancia. Cobraba 1 dólar por consulta a cada prostituta. Iba juntando y entonces yo me preguntaba, ¿dónde guardo la plata? Era un peligro, el prostíbulo era de madera, había droga entonces me fui a una joyería, la única que había en Cayena, toda blindada y les dije ¿puede guardarme todo el dinero que me haga por día en la caja? Hacía paquetitos y me los guardaban como se los dejaba. Además, descubrí otros negocios.

—¿Cuáles?
—El agua estaba a 300 metros del prostíbulo. Había surtidores públicos. Y las mujeres necesitaban el agua para lavar los platos, para higienizarse, qué se yo. Yo me había conseguido unas prostitutas que me dejaban dos baldes en la puerta, esos de 20 litros y les hacía el servicio con lo que juntaba otros 4 dólares más por día. Cuando ya no me quedaban clientes, me fui a la joyería y le dije contemos lo que hay. Durante ese tiempo sólo comía paté con pan y Coca Cola. Tenía que hacer así para que valiera el dinero sino no salía más.

—¿Y cuánto habías juntado?
—En total 600 dólares. Me fui a una agencia de viajes y pregunté hasta dónde llegaba con ese dinero. Me dijeron hasta Porto Alegre, nos vinimos en avión con la moto. Luego un colectivo hasta Paso de los Libres. De ahí en la empresa Singer hasta Córdoba y de ahí a San Juan, llegué con 20 pesos.

—Y cuando volvías a San Juan ¿qué hacías?
—Cuando volví de la Guayana empecé a lavar coches en la plaza, nadie lavaba, después se empezaron a enganchar, lustraba también.

—Pero seguiste viajando…
—Me fui a Europa en el año 71. Estaba Franco en España, me fui a Francia, recalé en Alemania y ahí trabajé en Frankfurt en un restorán, que era de una argentina casada con un italiano. Se llamaba “Restaurante Mario”.

—¿Y qué hacías?
—Lavaba ollas. Querían que me quedara… Pero me fui para Hamburgo, Bremen y de ahí tomé un barco y me vine hasta Buenos Aires, un barco carguero.

—De vuelta en el país…
—Ah, perdoná que sea tan desordenado pero hay otros viajes por ahí. Te cuento que después del viaje a Perú en la 48 hay un intermedio. En el 79 me voy a Nicaragua a la guerra civil, estuve con los sandinistas.

—¡No me digas!
—Sí, hasta tenía dos guardaespaldas de 15 años, guerrilleros. Al final me vengo de Nicaragua a la Argentina. Tuve suerte, me salvé. Pero llegué a Mendoza y estuve preso, me estaban esperando, me torturaron, me salvé de pedo.

—¿Eso te habrá dejado tranquilo por un tiempo…?
—Me vine a San Juan y me fui a Europa de nuevo en el 80. Cuando estoy en España me meten preso por sospechoso.

—¿Sospechoso de qué?
—Nunca lo voy a saber, estuve 3 meses preso en Córdova, me mandan a Jaén a otra cárcel, después paso a la cárcel de Carabanchel en Madrid, la cárcel más grande de Europa con 6.000 presos, todo computarizado, imposible escapar. Estuve en la habitación 34. Ahí cumplí 34 años, hasta que me liberaron. Me expulsaron a Portugal. Allí estuve en el Estoril. En la playa, ayudaba a la gente a colocar las sombrillas, me daban para comer, la gente me ayudó. Después de la playa dormía en un subsuelo de un edificio…Allí me termino de recuperar de las cosas que habían pasado en España y me voy para Ayamonte, en Portugal y me meto de contrabando en España, de donde me habían echado por dos años. Paso el control sin que me sellen el pasaporte y me voy para Algecira, tomo el barco y me voy al África.

—¿Te interesaba África?
—Yo aprendí mucho cuando estuve en las cárceles en España. Allí hay muchos musulmanes que me enseñaron muchas cosas cuando les dije que me iba a África. Lo primero aprender a saludar, a pedir. Y bueno así anduve. Ingreso por primera vez en el 80, mucha pobreza, estudio el terreno y digo si alguna vez soy médico les voy a dar una mano. Entré a un territorio desconocido. Es otra mentalidad.

— ¿Vos eras de izquierda? ¿Eras revolucionario? ¿Qué eras?
—No era nada…

—Eras mercenario entonces....
—Tampoco, era una idea mía, una movida mía.

—No es común que en España te tengan preso en cuatro cárceles…
—Por sospechas. Lo que pasa es que siempre anduve solo, no funcionaba en grupo. Si hubiera estado en grupo no la contaba. Yo anduve por todos lados, pero solo.

—A todo esto recorriste el mundo hablando solamente español…
—Hablaba algo de inglés y lo demás me manejaba por señas. Pero a veces, cuando se viaja como yo, es muy importante no saber hablar bien porque no tenés problema con nadie. Si no hablás idiomas no intimás, no hablás de política, no te peleas con nadie…


El doctor Flores
— Vos pasaste muchos años viviendo como estudiante o como aventurero. ¿Cómo te mantenías? ¿Dónde vivías?
—A veces conseguía prestado un departamento. Tuve muchos trabajos. Hasta que un día estando en Rosario pedí el pase a Córdoba de nuevo donde conseguí un trabajo como vendedor de helados. Rendí Química libre y después rindo Microbiología pero Córdoba vivía un momento difícil. El ambiente era muy pesado en aquellos años. Me mandé a cambiar y me dediqué a la aventura…

—¿Y cuándo te recibiste?
—Volví en el 87. Averigüé y me dijeron, “sí, acá tenemos su libreta”. Me dan matrícula, me rindo Farmacia libre, de movida. Con 39 años, ya viejo para estudiar, en tres años del 87 al 90 me rendí 26 materias y se terminó la historia. Me recibí de médico.

—¿Y qué hiciste?
—Me vine a San Juan, a mostrar el título a mis amigos. No lo podían creer, si yo tres años atrás lavaba autos en la plaza 25 de Mayo…

—¿Conseguiste trabajo?
—Yo había estado en África en el 80 y me prometí que si me recibía de médico volvería para ayudar a la gente. Mis amigos me hicieron una “vaca” y me fui al África.

—Así que te fuiste a África, a trabajar como médico…
—Sí pero me equivoqué. Yo tenía la idea que al llegar a África y ser médico se me abrirían las puertas. No fue así. Estuve en Guinea, empecé por Marruecos a ofrecerme, me ofrecí en Senegal pero no podían ayudarme. Terminé en Guinea en un hospital, pero no era lo que yo quería…

—¿Qué querías vos?
—Yo quería otra cosa, estar en una aldea, con remedios, atendiendo todos los problemas de la gente. No había ido para terminar en un hospital y como nadie me apadrinó para hacer lo que quería me tuve que volver. Me vine a Senegal, de ahí en avión a Cabo Verde y llegué a la Argentina.

—Un fracaso…
—Sí, eso fue un fracaso porque no era lo que yo pensaba, pero me di el gusto, una vez como aventurero y otra como médico.

—¿Y qué hiciste en la Argentina?
—Cuando llegué me fui a Santiago del Estero donde estuve dos años trabajando en el campo como médico del Estado en lugares inhóspitos. Otros dos años en Chaco, después en Catamarca, en Antofagasta, en las sierras a 5.000 metros de al tura. Después me fui a un lugar cerca del paso San Antonio, en Paso de Indio, Chubut donde llegaban a hacer 20 grados bajo cero.

—¿Cuándo volviste a San Juan…?
—Todavía faltaba algo. En el 98, vino un huracán, el Mitch en Centroamérica. Fue una catástrofe. Y me fui para allá, para ayudar. Después estuve en Costa Rica trabajando como médico en un lugar de recuperación de adictos donde hice un cambalache: yo ayudaba a los adictos a recuperarse y tenía cama y comida pero me cansé. Querían que me quedara en Costa Rica como médico, querían que me casara, que me hiciera miembro del Colegio Médico… me fui. Eso tampoco era para mí.

—¿Adónde te fuiste?
—A Nicaragua. Estuve trabajando en Chontale, en una estancia, con un tipo que tenía indígenas a su cargo. Lo estuve ayudando y después me fui para Miami, donde trabajé de ayudante de mozo.

—Así que el doctor hacía de ayudante de mozo…
—¿Y qué querés si yo nunca tuve padrinos ni acepté el acomodo? Terminó mi vida de aventurero, me vine acá y me dije: “¿Y ahora qué mierda hago?”. Me instalé un consultorio. Un grupo de amigos puso un aviso en el Diario de Cuyo diciendo que atendía a 1 peso la consulta.

—¿Y la gente iba?
—Claro, se llenó el consultorio. Hasta venían de Jáchal en un ómnibus charter. Eso hizo que fuera noticia. Hasta Guegué Féminis me hizo una nota en Radio Sarmiento… Después salí en el diario. Era el médico del peso…

—¿Y qué decían tus colegas?
—Imaginate. Que era un loco, que no sabía nada. No podían entender que a mí lo que menos me importa es la plata. Que siempre viví sin un mango.

—¿Cuál es tu especialidad…?
—Clínico, agarraba todo, viejos, niños…, recibía los 10 pesos, el que tiene orden de consulta se la guarda para otro médico, lo que recibo es la orden de farmacia, dicto la medicación ahí.

—¿Vivías de la profesión?
—Claro pero eso no es una referencia porque yo necesito poco para vivir. Soy soltero, no tengo hijos, no pago alquiler, atiendo en mi casa…

-Pero ¿seguís ejerciendo?
-Ahora estoy jubilado.

–¿Tenés auto?
–Sí, tengo un Fiat 600 pero te cuento la historia para que veas cuál es mi mentalidad. Yo tenía un 147 viejo. Lo quería cambiar y me daban 12 mil pesos. El Fiat Uno cero kilómetro costaba 32 mil. En febrero salió un aviso en el diario solicitando médico para una ambulancia en Mendoza.

—¿Y?
—Me dije, me voy para ahorrar unos pesos y cambiar el auto. Me pagaban mil pesos por semana por tres guardias de 24 horas. Me traía mil pesos por semana y seguía viviendo del consultorio acá. A las 20 semanas, vendí el auto viejo y compré el nuevo. Había pasado de un modelo 90 a uno 2008. No quería más. Al otro día renuncié al empleo de la ambulancia y seguí con los 10 pesos de la consulta…

–¿Y si tenías un Fiat Uno modelo 2008 por qué ahora tenés un Fiat 600 modelo 1965?
–Porque un día me dije este coche es demasiado para un tipo como yo que no tiene obra social, que nunca se podrá jubilar, que no tiene nadie a su lado y que le gusta caminar. Cambié el Uno por el 600 y la plata la metí en el banco. Como un reaseguro… ¿viste?

–Cacho, te tengo que hacer otra pregunta ¿fuiste feliz? ¿Sos feliz ahora?
–Tengo mi vida.

– ¿Por qué nunca te casaste?
–Oscar Wilde decía que las mujeres interesantes son las que tienen un pasado y los hombres interesantes son los que tienen un futuro. Yo nunca tuve futuro. Nunca hice planes. Viví al día. Y eso no le puede interesar a una mujer. Tal vez podría haberme casado con una africana que aguanta todo pero… ¿para qué? Las mujeres necesitan un respaldo y yo no tengo qué ofertar, no me gusta engrupir a nadie.?

–¿Pero habrás tenido parejas?
–Pero sin compromisos. Sin mentiras. Sexo y punto.

–¿Cambiarías tu vida?
–No. Siempre hice lo que quise hacer. Viajé, conocí mundo, Conocí gente. Viví todo tipo de situaciones. Nunca jodí a nadie. Nunca mentí a nadie. Si no tenía que comer no comía o pedía. Si tenía que dormir sobre un cartón lo hacía. Quise ser médico y lo fui. ¿Cuántos darían lo que tienen por permitirse un poco de locura, de inmadurez o como quieran llamarlo?…

–¿Fue fácil?
–No, nada es fácil. Todo se paga. A esta altura miro para atrás y me digo: ¡qué suerte tuve!. ¿Cuántas veces pude morir? ¿Cuántas veces podría haberme enfermado o ser asesinado y nadie sabía dónde estaba? Pero esta ha sido mi vida. Y aquí estoy.

—Y ahora qué, terminó todo o…
—Y… estoy acá, pienso que es demasiado seguir viajando. Llega un momento en que te cansás, te comenzás a aburrir. Si yo quisiera hacer eso ahora con la experiencia que tengo no lo podría hacer. En ese momento estaba virgen el terreno, estaba todo limpio, ahora todo se pudrió. Hay más miedo, más delincuencia. Yo lo hice en el momento justo. Ahí se dio y gracias que quedé con vida para poder contarlo, porque por donde yo he andado tendría que haber muerto 14 o 15 veces fácil.

—Y nadie en esos lugares iba a preguntar por vos…
—Nadie, nadie.



Si ahorro tiempo… ¿lo puedo vender?
Para Cacho, la comida no existe. O existe sólo una única y aburridísima comida que incluye una cabeza de ajo, un puñado de arroz, nueces y algunas verduras que cada día, inexorablemente, sale a comprar.

–¿Por qué no hacés las compras una vez por semana? Te ahorraría tiempo…
–¿Y para qué quiero ahorrar tiempo? ¿Qué hago con el tiempo después que ahorre una buena cantidad? ¿Lo vendo?

–Bueno, pero salir de compras cada vez que deseas comer…
–El hombre en sus orígenes fue cazador recolector. Cada día salía a buscar su comida. Yo hago lo mismo. Entre otras cosas, eso me obliga a caminar 40 cuadras.

La lógica de los no cuerdos a veces desarma.

El hombre de Los mil oficios
Cacho nació aventurero. Hijo de un respetable escribano, de nivel social y económico importante, soñaba con ser médico. Y mientras soñaba, jugaba a ser libre.

Vendió helados en las calles de Córdoba y caramelos de Bonafide en Mendoza. Enceró pisos de parquet en Buenos Aires. Lavó platos en Frankfurt, fue ayudante de mozo en Miami Beach, descargador de camiones en Madrid. Escribió cartas de amor por encargo y fue astrólogo, quiromántico y aguatero en un prostíbulo de la Guayana francesa.
Lavó y lustró coches en la Plaza 25 de Mayo de San Juan, fue sereno de una bodega y limpió pisos en un autoservicio. Y terminó recibiéndose en tres años de médico cuando estaba por cumplir 40 años y trabajó sólo cuando necesitaba algo de dinero.






El perfil psicografológico
Por: Elizabeth Martínez Grafoanalista

 » La firma ubicada en el centro de la hoja, podría manifestar autocontrol y dominio de los impulsos, equilibrio, la persona podría ser centrada pero algo acomedida.

» Sencillez y autoestima controlada. Persona que es consciente tanto de sus fortalezas como de sus debilidades, es espontánea.

» Equilibrio entre la visión global y detallista de las cosas, capacidad de adaptación y organización.

» Posee una continuidad agrupada, manifestando equilibrio entre la realidad interna y externa del escribiente. Habría equilibrio entre la reflexión y la acción, y su razonamiento sería de tipo lógico-intuitivo.

» Se comunica bien con los demás, pero solo expondría una parte de sí mismo.

» Persona sociable pero sin perder su necesidad de reserva ni su individualidad. Posee fácil adaptación al medio, asimila y selecciona lo mejor de cada tema.

» Se revelan indicadores de posible influencia materna o del pasado.

» Su dirección es ascendente mostrando optimismo de fondo, espíritu de superación y de perfeccionamiento, confianza en el éxito y en sí mismo. Extrovertido, de ambiciones elevadas, espíritu emprendedor.

» Fuerte impulso e intensidad en las acciones que lleva a cabo.

» Presenta en general, buen nivel de energía psicofísica, fortaleza yoica y solidez general.

» Se detecta actividad vivaz y necesidad de alcanzar los objetivos personales en el menor tiempo posible.



        


Fuentes:
El artículo fue publicado en La Pericana el viernes 22 de marzo de 2019.

Además de la entrevista para Qué hiciste con tu vida, realizada en febrero de 2019, para esta versión se agregaron contenidos  del artículo publicado en El Nuevo Diario en 2008

Y en el libro “La cena de los jueves”.

GALERIA MULTIMEDIA
Cacho, Guillermo Flores, cursando el Cuarto Grado “E” de la Escuela Superior Sarmiento, en 1957
1969 - Guillermo Flores en el dique Rio Los Molinos Córdoba
1983 - Guillermo Flores en Cayena, capital de la Guayana Francesa, en la puerta del diario de la en su moto Puma.
1979- Artículo periodístico diario La Industria, Perú. Guillermo Flores preso en una prisión de máxima seguridad en Perú
Guillermo Flores en uno de sus tantos viajes, con niños africanos.
Reportaje de Diario de Cuyo a Guillermo Flores, en su consultorio particular, cuando cobraba la consulta un peso.
Con 72 años, Cacho muestra un envidiable estado físico
Guillermo Flores, el hombre de los mil oficios.
Guillermo Flores en alguna ciudad del Perú
El perfil psicografológico de Guillermo Flores. Por Elizabeth Martínez Grafoanalista
Guillermo Flores en una entrevista con Juan Carlos Bataller
El perfil psicografológico de Guillermo Flores fue realizado por Elizabeth Martínez, Grafoanalista, en base al manuscrito que se ve en la imagen.
El médico Guillermo Cacho Flores durante la entrevista realizada por Juan Carlos Bataller en febrero de 2019 en el ciclo Qué hiciste con tu vida.