El viejo

La plaza Laprida, recostada al sol, lucía su imagen de matrona sanjuanina. Los pelados plátanos esperaban la primavera y sus siluetas dibujaban en el suelo un jeroglífico de imaginarias huellas, como añorando el ir y venir de los estudiantes de la Sarmiento, que, ausentes por la huelga, quitaban la alegría de ese paseo y acentuaban la tristeza de los despoblados bancos donde, tomando sol, algún jubilado añoraba la alegría y el corretear de los guardapolvos de las chicas de la Normal.

Mi corazón, apenado, recorría una geografía de desencantos y tristezas; donde la vista se posaba, solo había desolación y pesadumbre, la patria, toda, se sumergía en el desencuentro y la incomunicación. ¿Qué nos pasaba a los argentinos? ¿Dónde está la cordura y el entendimiento, justo en el momento en que se recupera la dignidad y el orgullo? ¿Qué es éste país del odio y paralizado por los apetitos? ¿Qué nos pasa a los argentinos?

En esas cavilaciones andaba, cuando me llamó la atención una figura que, sentada en un banco, era la imagen del pesar y el desamparo. Era un anciano. El pelo blanco y una rala barba de varios días acentuaba los surcos de hondas arrugas: factura del tiempo, la preocupación y los apuros. Despacio, sin llamar la atención me senté a su lado, pareció no percatarse de mi presencia. El anciano puso los codos sobre las rodillas, metió la cara entre las manos y así quedó largo rato, quieto. Ni me movía por no despertarlo. No sé cuanto tiempo había pasado, de pronto un profundo sollozo me tornó del ensimismamiento, miré al anciano: lloraba. Le puse la mano sobre el hombre; luego le acaricié la cabeza. Los sollozos se fueron espaciando y bajando de tono hasta convertirse en un leve y monótono quejido.

Al correrse la sombra del árbol un tibio sol nos daba de lleno. Nos contemplamos sin decir una palabra. La pregunté alguna cosa. Me respondía con incoherencias. Después supe que tenía ochenta y tres años, que era viudo, jubilado, que los hijos habían crecido y se habían casado y que cada cual andaba en sus haceres; que rara vez se veían. Me contó otras cosas que no vienen al caso. De pronto entendí que el hombre llegaba al fin de sus días y que, como el recién nacido, se encontraba nuevamente solo, desamparado, que el ciclo se cerraba cruda, ferozmente sobre una vida y que la eternidad estaba tensa, esperando su tributo. Lo tomé de las manos y me eché a llorar. Pasaron unos niños, nos miraron y se alejaron riéndose.

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¿Quién era esa mujer que va por vereda? ¿Quién es ese hombre que en la esquina espera? ¿Qué jinete montaba ese caballo? ¿Y Del Carril, qué horizonte oteaba desde el alto pedestal de su hidalguía? ¡Todo lo mata el tiempo, todo; sólo nos queda el recuerdo, grato, en "un negroi rollo de fotografías?. La estación del ferrocarril B.A.P. en los años 20. Foto tomada (presumiblemente) or don Galizzio Colechia. Gentileza de casa The Sportman de Peñalva Hnos. y Gil, de su colección"El San Juan de ayer"