La olla

El día había amanecido limpio, claro y tibio. Temprano cayeron David, Santiago y Jorge a buscarme y emprendimos el viaje a La Olla, que quedaba en el lado este del Alto de Arena y donde solíamos ir con cierta frecuencia a pasar unos días y a “estar estando”. Las diez serían cuando llegamos al río Sasso, dejamos el auto en el puesto de vialidad, cargamos las mochilas y empezamos a remontar el Sasso hacia el sur.

Como a dos horas de marcha por el lecho del río, que en esa parte es de curso sinuoso* y cantarín y en el que debíamos avanzar saltando de piedra en piedra; esquivando impedimentos y siguiendo al azar el curso, llegamos a la quebrada de los caracoles donde hacíamos el primer descanso y nos desayunábamos con un poco de fiambre y unos pedazos de torta gallega que Chita la mujer de Santiago, nos había preparado para el viaje. Chita siempre se preocupaba por los “muchachos” y, en verdad que el viaje valía la pena hacerlo aunque más no fuera por comer ese manjar que nos preparaba para el viaje la mujer de Santiago. La empanada gallega, un poco de queso y unos tragos de vino acortan el camino y preparan el ánimo para la aventura. Allí se inició una larga conversación que duraría tres días.

Quiero aclarar que en nuestros frecuentes viajes nunca llevamos un arma de caza y jamás cazamos nada. Nuestro interés era el contacto con la naturaleza y el cultivo de la amistad. Es decir, estábamos en la constante tarea de ver cómo Dios nos iba haciendo. Y no debe haber quehacer más entretenido que ese ¡ni más peligroso!. Las conversaciones eran para grabarlas y los asados y el vino para envidiarlos.

Llegamos a la olla, al pie del Alto de Arena, como a las tres de la tarde. Prendimos fuego, pusimos sobre las brasas una punta de espalda y, mientras el fuego y el tiempo hacían su tarea, nosotros entre mates y vinitos empezamos a hilar fantasías y deshilar confidencias. Una pequeña brisa refrescó el aire y del lado de Maradona nos llegaba un dulce tufillo de pastos frescos y hacienda vacuna; alcanzamos a divisar algunos guanacos y dos toros guampudos que, por la cortada bajaban al Sasso; algunos pájaros revoloteaban por los cercanos algarrobos y de entre la maraña del quillay una chamuchina construía su nidito de espinas, plumitas y barullo.

Como a las seis la emprendimos con el asado y lo que quedaba de la empanada gallega. Comíamos en silencio y como santificados por el entorno; así estuvimos mucho tiempo; cuando el sol declinaba tras la cumbre del Alto de Arena, nos levantamos y con unas cobijas subimos a una especie de semicírculo que había un poco más alto y que tenía en el centro una especie de círculo de Mandala, con una mesa de piedra al centro y seis piedras como asientos rodeándola.

Nos tiramos sobre las mantas y, mirando al cielo nos pusimos a soñar. Cada uno en sus cosas estábamos: mirando al cielo y construyendo en el silencio. Así habremos estado un par de horas y, entre el silencio y el ensueño se nos hizo la noche. Cerró la noche oscura y sin luna; el brillo de las estrellas creaba un fantasmal celaje plateado y se desataron los ruidos de la noche. El silencio se pobló de magia y los corazones de angustia. Inconscientemente arrimamos más las mantas; echamos unos palos al rescoldo que enseguida agarró llama. La noche obró el milagro ancestral y el aire se pobló de brujas.

 

Escudero fue el que propuso contar historias de aparecidos (zás, sobre llovido mojado) que todos aceptamos y empezó la contadera. Cada uno, entre cierta e inventada contaba su historia. Empezó a correr una botella de vodka y la cosa empezó a espesarse. Cuando llegó mi turno conté de una vez en Huinca Renancó, mientras iba para la chacra de noche, me salió ante el sulky un chancho sin cabeza; el caballo paró de golpe y no quiso seguir. El chancho fantasma dio unas tres o cuatro pasadas ante el sulky y se internó en un maizal. ¡La pucha —dijo David— que susto te habrás llevado, mirá que un chancho sin cabeza, ¿y qué hiciste?. ¡Y... nada —le dije— qué iba a hacer! Pero, —continué— eso no fue nada, como a la legua me salió una cabeza sin el chancho. ¡Eso sí que fue un julepe!. Largaron la carcajada. ¡Déjenme terminar —les dije— y proseguí, como a los tres días un paisano encontró entre el maizal el cuerpo de un linyera, estaba Después hubo un largo silencio. Las brujas acudían a los aquelarres del alma. Santiago y David dijeron: “Nosotros nos vamos a dormir”. Y con las mantas al hombro enderezaron para el  lado del campamento y desaparecieron tras un recodo. Nos quedamos con Escudero rememorando cosas de la niñez. La noche nos rodeaba y estábamos como acorralados: hacia el sur había un precipicio; al oeste un vallado de espinoso e impenetrable monte de quillay y al norte la recta elevación de un cerro. La única salida era al este y hacia ese lado nuestros ojos trataban de hendir la oscuridad... mientras rondaba la botella de vodka y lentamente se extinguía el fuego.

 ¡LA ARAÑA!

 

Nos habíamos quedado quietos y angustiados, tratando de perforar la oscuridad y ubicar los ruidos de la noche. En eso estábamos: los cuerpos llenos de tensión y las almas llenas de fantasmas. Fue ahí que oímos un extraño ruido y tensamos los oídos para ubicarlo. Me incorporé sobre la manta y afirmé mi cuerpo contra una piedra alta y traté de sumirme en la oscuridad ¡Y en eso la vi! Tenía el altor de un puma, pero, muchas patas por lo que mi imaginación vio una inmensa araña que se nos venía encima. ¡Escudero... qué es eso que se nos viene!. Escudero miró y también la vio. Se' enderezó y agarró una piedra del suelo. Entre el precipicio, el quillay y el paredón que nos cortaba la huida la única salida quedaba para el lado de la “cosa” que se nos venía... y no era tan fácil encararla. Escudero dijo: ¡Se nos viene, flaco! y se acomodó para defenderse con la piedra. Yo tenía en la mano la botella de vodka (¡qué raro! ¿no?) y, sin pensarlo y lleno de temor se la revolié a la “cosa” apuntando a la cabeza. Se escuchó un ruido seco y como amortigado, y luego la botella que se estrellaba contra una piedra; cuando Escudero iba a arrojar su piedra, la “cosa” se levantó y gritó “¡Ehh, flaco, no me conocés?”.

Hubo un intervalo de confusión, luego identifiqué la voz de Santiago, y vi que se quitaba de encima un pulóver con el que se había cubierto la espalda. Volvió Santiago: ¡Pero, flaco, no me conocés, soy Santiago!. De golpe se me aclaró la mente, medio temblando le dije: ¡Perdoná... es la primera vez que te veo de araña!.

Por poco la broma sale cara. Se nos había venido en cuatro patas con el pulóver en la espalda colgándole las mangas y. ¿Qué quiere? A dos tipos asustados y vodqueados, en la oscuridad, cualquier bulto es una araña! Por más Santiago que sea.

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David nos contó un cuento judío, muy lindo. Y para que vean era un cuento judío ahí está la foto del cuento.