Domingo, 18 de Abril de 2021      

Ágata Galiffi. Una mujer enigmática

Ágata Galiffi fue una mujer que tuvo notoriedad en la historia de la mafia argentina por acompañar los actos delictivos de su padre. Por varios años estuvo encarcelada en Tucumán y luego se recluyó en San Juan instalando una zapatería.

Por: Edmundo Jorge Delgado

Ágata Cruz Galiffi
Fue en mi niñez cuando escuche hablar de ella. Unas frases de tono lisonjero pronunciadas por alguien que la conoció, atraparon mi atención. Esta mujer era Ágata Galiffi, un nombre que aún perdura en la memoria de aquellos sanjuaninos de más de 70 años de edad. Su historia está colmada de episodios increíbles, llenos de aventuras y desventuras, de amores y desamores, de fidelidades y traiciones, episodios que han generado novelas y hasta producciones cinematográficas. La presencia de esta emblemática mujer en San Juan, se remonta a la década del "30, y estuvo ligada a las actividades mafiosas de su padre, don Juan Galiffi, alias "don Chicho Grande''. En 1932 llegó San Juan, haciéndose bodeguero y propietario de una finca, esta última adquirida en el departamento de Caucete. En nuestra provincia las maniobras de Juan Galiffi fueron motivo de varias noticias policiales, a partir de la compra que hizo de una bodega que había pertenecido a don Fortunato Costa, donde se cree estuvieron ocultos fajos de billetes falsos con la intención de luego llevarlos a Tucumán para hacerlos circular. Los restos o relictos de esta bodega aún se encuentran en pie, pero pocos sanjuaninos saben de su historia. Están ubicados en nuestra ciudad capital, sobre calle España, llegando a la intersección de 9 de Julio, y fue adquirida luego por don Juan Latorre, quien durante algún tiempo la usufructuó, hasta que después se estableció un aserradero que ya no existe. Volviendo al tema, fue el 14 de julio de 1915, cuando nació en la localidad de Gálvez, -Santa Fe- Ágata Cruz Galiffi, cuya figura llegó a tener significativa notoriedad en la historia de la mafia argentina. En los actos delictivos perpetrados por su padre estuvo siempre presente, llamada por entonces la "flor de la mafia'', mote derivado de su belleza.

Ágata se casó con un abogado mucho mayor que ella, llamado Rolando Luchini, por decisión de su padre, personaje que además, era el abogado de don Juan. Luego de descubrirse la participación de Ágata en los delitos realizados en Tucumán fue encarcelada, en tanto la Justicia realizaba sendos allanamientos en la propiedad caucetera.

Fue en 1956 aproximadamente cuando Ágata regresó a San Juan, dispuesta a recuperar su propiedad. Ella ya se había separado de su esposo, quien luego de excarcelarla, cuando estuvo recluida por tantos años en Tucumán, la dejó prácticamente en la ruina. Retornó junto a su madre, además se habla de que llegó con un tal Arturo Pláceres, pero luego de un tiempo desapareció de su vida. Luego de idas y venidas se radicó definitivamente en San Juan. En esta época vivía de lo que producían sus viñedos y también de la venta o empeño de sus valiosas joyas. También formó pareja con un porteño, de oficio pintor, llamado Julio Fernández, adoptando una hija llamada Karina Alejandra Fernández.

Instaló en nuestra ciudad una zapatería muy exclusiva, situada sobre Av. Rioja y casi Rivadavia. En estos años su padre ya había sido expatriado a su lugar de origen, falleciendo tiempo después, luego también fallecería su madre. En la ciudad capital vivió sus últimos años -cuando ya había vendido su finca- en un alto edificio en el cual tenía un departamento, sobre calle 9 de Julio y Caseros. De esta etapa, varios de sus vecinos aún la recuerdan con simpatía y cariño y sobre todo por su indudable filantropía. Parece ser que su salud se deterioró por un problema digestivo o hepático, pero más que nada cayó en un tremendo estado depresivo, prácticamente se dejó morir.

Personas que la conocieron me contaron que estuvo internada en el entonces Sanatorio Almirante Brown. En la ocasión Ágata, que ya no quería comer, accedió a que una dilecta amiga, llamada Encarnación Font, le diera "algunas cucharadas de sopa''. Fue cuando le dijo muy apesadumbrada: "negra, nos abandonaron todos...''. Al día siguiente falleció, era un crudo invierno del 6 de julio de 1985. Tanto los diarios locales, como otros medios de prensa no informaron de su muerte, y fue a propósito para evitar la concurrencia de gentíos o periodistas, cosa que había solicitado en vida. Tras un velorio íntimo, al que sólo asistió su pequeña familia y un grupo de amigos, fue sepultada en el cementerio del departamento de Santa Lucía.

En su tumba sencilla existe una placa de bronce, con una de sus fotos, una frase afectuosa de su compañero e hija, y la figura de un reloj, que con sus agujas señala la hora de su muerte. Estos datos indican la última morada de esta mujer tan particular, de personalidad dual, que indudablemente formó parte de una historia que tuvo ribetes legendarios.

(Artículo publicado en Diario de Cuyo el 16 de abril de 2013)


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