El día había sido bochornoso aquél febrero de 1960. Era domingo, yo regresaba de festejar el cumpleaños de don Gallardo en una finca de Zonda. Mucha gente; guitarreros y cantores amenizaban la reunión y echaban al aire los sones de viejas tonadas. Los frecuentes ¡aro, aro! imponían breves pausas y obligados tragos (vaquita echada) con que se festejaba lo ajustado de una tonada o el floreo de una guitarra. Un tinto suave y transparente y un verdecito semillón que trasegaban de las damajuanas a las andariegas jarras, hacían las delicias y el nublamiento de la concurrencia, escasa, por lo visto, de santulones y beatas. En distintas mesas y aposentos y bajo la sombreada galería, bulliciosas partidas de truco, cacho y monte azuzaban el antiquísimo rito del juego y, en el patio, sombreado por las moras, una partida de taba boleaba al aire la alegría o desazón de la caprichosa suerte. En un callejón y como a treinta metros, desde las tres de la mañana, una vaquillona con cuero se asaba en un pozo de brazas y cubierto con unas chapas. En el horno de barro, detrás de la casa, las empanadas empezaban a inundar el ambiente con su tufillo a grasa, pimentón y especias y, de la cocina, en unas negras y panzudas ollas unas señoras preparaban las cazuelas de arroz y gallinas; caldillo obligado para bajar los excesos y preparar los cuerpos y los ánimos hasta que las velas no ardan.
Me había sentado en una silla baja cerca de la destiladera y me puse a descabezar un sueñito (y a destilare! vino) cuando una voz conocida, grave y pastosa me volvió a la realidad: “Vamos, Rufino, que nos vamos". Era la voz del Macho Guillemain, que agregó: ¿Qué, te ha caído mal el vino?” ¡No —contesté— si va ha ser el caldillo! Me enderecé, saqué de la destiladera un jarro de agua fresca, tomé unos tragos, volqué el resto en una mano y me refresqué la cara. Las tonadas, el bullicio y el juego estaban en su apogeo (como si recién empezara) y se ve que había para rato, porque para el lado del corral estaban degollando unos chivitos, como para al anochecer bajar la vaquillona. ¡Que Dios les conserve la memoria —pensé— que el estómago lo tienen fenómeno. Fui y me despedí de don Gallardo, dueño del santo y, con Carazzo, Orduña y el Chalo Rojas rumbeamos para el callejón en busca del auto. La modorra y el sol fue como un mazazo en la nuca y, como manejaba Guillemain, que era muy cuidadoso, hice como un bollito en el asiento del auto, clavé las guampas en el respaldo del asiento y me entregué al sueño. En mi cabeza retumbaban las tonadas y la bulla y en mis tripas protestaban la vaquillona, las empanadas, el caldillo y para qué te vuá contar el vino. Cuando desperté estábamos en El Ranchito tomando café. Luego, alguien pidió cerveza ¡Faltaba desollar el rabo!
Cuando el sol caía detrás del Tontal y los plátanos de la calle alargaban sus sombras, la mesa del Ranchito se había agrandado y estaban, además, Guglielmino, el Pichi Guerrero, el Copo Guardia y otros y por las botellas vacías. se veía que ese segundo chico iba a ser largo y reñido. Simulando ir al baño me levanté, agarré para el lado del Parque de Mayo y, a tranquito lento, me sumí en los recuerdos y las nostalgias. ¡El pedo aflojaba con rezongos! El oeste se llenó de arreboles y los pájaros regresaban a sus ramas y a la noche. Me senté en un banco debajo de los jacarandáes que están en el camino frente al Law Tenis y me puse a ordenar un tropel de emociones. Debo haber estado largo rato así, como amodorrado, la cosa fue que cuando despabilé, al lado mío, en el banco^había sentado otro hombre. Estaba tieso y lejano, como una “cosa" que se deja olvidada.
Nos estuvimos “sintiendo” largo rato. Cuando la tensión aflojó un poco le dije: “Linda tarde, no?" El me contestó con un monosílabo que no entendí; no obstante el timbre, la entonación, me llegaron como viejos sones de la infancia. Como si esa voz fuera muy conocida; como los ruidos del clan o el chiflido del padre. Un largo rato estuve observándolo: era flaco y canoso, se notaba alto y medio echado de espaldas. Los ojos tenían el color de la flor ojo de gringo y las manos eran delgadas, los dedos finos y como transparentes. Vestía un pantalón azul y una camisa blanca, y desabotonada. Se le veía el huesudo y canoso pecho que parecía no respirar. Así estuvimos por demasiado tiempo. El no me hablabla y yo tampoco, aunque en mí había la sensación de que no era necesario hablar y, lo más curioso es que yo sentía que él sentía lo mismo.
No sé cuanto tiempo pasó. De golpe me levanté, miré para el lado de la avenida San Martín y me entretuve en los autos que pasaban. Cuando me di vuelta para despedirme el hombre ya no estaba allí, la “cosa " había desaparecido, como un fantasma. Iba a iniciar el retiro cuando un ruido como de hojas llamó mi atención, el ruido venía de lo alto, miró para la copa de los jacarandáes y alcancé a ver algo, una cosa, con pantalones azules y camisa blanca, que se internaba entre el follaje del jacarandá y se perdía para el lado del rojo horizonte. Una lluvia de azules flores de jacarandá caían balanceándose en el púrpura ocaso.
Me fui a casa y me acosté a dormir. Al otro día y mientras tomábamos mate, mi mujer preguntó: ¿Dónde estuviste anoche.... recién cuando hice la cama había un montón de flores de jacarandá entre las sábanas”.